domingo, 15 de enero de 2017

Sociología bloguera (o algo así)


La entrada anterior consistió en la entrega de un premio virtual —el fastuoso Premio Lema— a los lectores y comentaristas de Juguetes del Viento.
El premio llevaba adjunto un cuestionario, una especie de entrevista cuyo objetivo era conocer un poco a los lectores como tales y saber algo de sus hábitos y preferencias en cuanto a la lectura de blogs.

“Los equiparo a cualquier otro tipo de información.” (Rick) 
*
“Me aportan formación y/o un enfoque distinto en temas que me interesan.” (Anónimo)

En esta entrada de hoy quiero darles las gracias por la generosidad que han mostrado ustedes, Lectores Magníficos, al contestar con esmero y seriedad; por la atención que han prestado a mis preguntas, y por el tiempo que les han dedicado. Vaya, casi estoy por darles otro premio…

Pero además ha ocurrido algo en lo que yo no había pensado, y es que las respuestas me han parecido tan interesantes, tan ilustrativas y tan significativas, que el modesto cuestionario ahora me parece una valiosa fuente de información de la que se pueden extraer sustanciosas conclusiones.

Los lectores de este blog, de esta “pequeña universidad del aire” (gracias, Soros, por la poesía) tienen en común el ser personas muy interesantes y amables. Pero cada uno tiene, claro está, un estilo y una personalidad únicos, exclusivos y diferentes.
Por eso creo que este grupo de lectores, pequeño pero diverso, puede representar a un número mucho mayor de lectores de blogs, de diferentes estilos, gustos e intereses. Y por eso me parece tan interesante el compendio de opiniones y pareceres que resulta de nuestro cuestionario.

Así, observando las respuestas, podemos decir que, en general, quien lee blogs espera encontrar información, pero de un estilo más entretenido y natural que el que se encuentra en medios más tradicionales; puntos de vista propios y opiniones sobre diversos asuntos; información sobre temas determinados pero presentada de manera original y personal, con un enfoque particular.

"Es una forma de conocer a personas que tienen algo que decir, saben cómo decirlo, no cobran por hacerlo, y permiten una forma peculiar de diálogo."  
(*entangled*)
*
“Espero aprender, conocer otros puntos de vista, sentirme parte
de algo bueno y disfrutar.” (Marisa)

Por eso no es sorprendente que sea unánime la preferencia por los blogs personales. Porque al hablar de blogs personales nos referimos al modo en que se tratan los temas: no una mera exposición objetiva de hechos, sino una creación individual, una forma propia y única de narrar.

“Prefiero (y por mucho) los blogs personales. Los defiendo 
a capa y espada.” (Holden) 
*
“Prefiero los que me atrapan y me hacen leer lo escrito sin poder
levantar los ojos.” (Guille)

En resumen, los lectores buscan amenidad y originalidad; que el blog sea creativo y nos sorprenda de alguna manera.

“Que sea original, bien por el estilo de la persona que
escribe o bien por los temas que elige.” (Soros) 
*
“De cada blog espero una cosa distinta, y de todos: creatividad.
Y puedo decirte que la encuentro a raudales.” (Sara)

Por otro lado, todos los lectores coinciden también en cuanto a lo que les aportan los blogs: información o conocimientos, inspiración, diversión, diferentes formas de escribir, y diferentes formas de ver las cosas; pero también compañía e incluso amistad.

“Con los blogs he aprendido, me he reido, me he emocionado, me han inspirado a escribir, me han hecho reflexionar... Cuando además se crea un vínculo amistoso no puede ser más satisfactorio.” (JuanRa) 
*
“Se aprende mucho y se descubre a personas muy interesantes.” (Conxita)

También hay mucha coincidencia en cuanto a lo que menos nos gusta de un blog, a lo que hace que deje de interesarnos. Aparte de la razón más elemental, que es que el tema del blog no sea de nuestro interés, casi todos los lectores indican que lo que más les disgusta es que no haya interacción,  es decir, que el autor del blog no responda  a los comentarios.

Las opiniones son muy variopintas, en cambio, en lo referente al aspecto visual del blog; a los enlaces relacionados que a veces se incluyen en las entradas, y  al número de blogs que sigue cada lector (entre tres y cincuenta).

Un aspecto de la lectura bloguera que a mí me resulta particularmente interesante es si los lectores leen los comentarios que dejan los demás.
Veo que la mayoría de ustedes sí los lee, al menos los de este blog, y lo cierto es que no me sorprende: sé que los lectores de Juguetes del viento se tienen en buena estima unos a otros, lo cual me congratula.

En mi caso, como lectora de blogs, siempre leo los comentarios que dejan los otros lectores en los blogs que sigo; creo que no me influyen en mi propio comentario, y casi siempre encuentro algo interesante en ellos. Y, por supuesto, me gusta mucho también leer las respuestas que el autor del blog da a cada comentario. Cuando son interesantes, los comentarios y las respuestas son una ampliación o un complemento del tema tratado en la entrada correspondiente.

Y por último, me ha gustado mucho saber o recordar cómo llegó cada uno de ustedes a Juguetes del Viento. Aunque lo que más  me gusta es que se hayan  quedado.

Al meditar ahora sobre todo esto, he pensado también que no es verdad lo que muchos empezamos a creer hace algún tiempo: que el blog como forma de expresión y comunicación estaba en decadencia, y que estaba siendo sustituido por otros medios de comunicación e interacción donde priman la inmediatez y la premura. 
Por el contrario, ahora me parece ver que, después de un periodo de cierto decaimiento, los blogs resurgen con más energía; que cada vez hay más personas que crean nuevos blogs, lectores que se  inician,  blogs que siguen activos durante muchos años, y lectores que mantienen su fidelidad.

Y también he pensado que aunque me equivoque con esta optimista perspectiva, lo que sí es seguro es que seguimos quedando nosotros, los que consideramos los blogs como algo natural, provechoso, cabal e inherente a nuestra vida.

“Me aportan la satisfacción y tranquilidad de ver que en el mundo hay 
gente estupenda haciendo cosas estupendas.(Metalsaurio)

🍃🍃🍃



lunes, 2 de enero de 2017

Premiados


Probablemente conocen ustedes esos premios virtuales que a veces se conceden a los blogs, como por ejemplo el Liebster y el Best Blog.

Estos premios son un reconocimiento que los blogueros se otorgan unos a otros, como una manera de valorar, recompensar y fomentar la labor bloguera. 

Las nominaciones a estos premios suelen ir acompañadas de un cuestionario, una especie de entrevista que quien otorga el premio le hace al candidato. Es una manera de conocer un poco más a la persona que hay detrás del blog premiado, y una ratificación del premio, como si dijéramos una variante del "discurso de aceptación".

Esto de los premios blogueros me parece un detalle muy generoso y de agradecer. Pero yo siempre digo que un blog, y desde luego este blog, perdería su sentido sin los lectores, que dedican un tiempo valiosísimo a leer lo que aquí se publica; y menos sentido aún tendría sin los comentarios, que son el testimonio de esas visitas; la prueba de que no sólo han dedicado ustedes un tiempo a leer sino que además han pensado y han escrito unas palabras con su parecer. Casi nada.

Pero es que además, yo particularmente tengo la suerte inmensa de que los visitantes de Juguetes del viento son comentaristas de primera categoría; y, por lo que sé en unos casos y lo que intuyo en otros,  también personas de primera categoría.

Así que he llegado a la lógica conclusión de que ustedes los lectores, más que nadie, merecen un premio. Porque ustedes son los que hacen que el blog tenga sentido; ustedes le dan vida con sus opiniones y sus ideas; ustedes inspiran, sugieren, motivan.
Así que, de manera modesta y virtual, yo les otorgo a todos ustedes ustedes un premio, un premio tan grande como mi gratitud.

Y como es fácil imaginar, este premio, que podría denominarse “Lema” (Lectores magníficos), también lleva aparejada una entrevista, como todo premio que revista un mínimo de seriedad.
Contestar las preguntas de dicha entrevista es un requisito prescindible para hacerse acreedor del premio, así que aquellos de ustedes que lo deseen podrán dejar sus respuestas, ya saben, aquí detrás, en el saloncito de los comentarios.

Éstas son las preguntas para ustedes, lectores magníficos:

Premio Lema 

  1. ¿Por qué lees blogs?
  2. ¿Qué buscas en un blog o qué esperas de un blog?
  3. ¿Qué te aportan los blogs que lees?
  4. ¿Qué te lleva a dejar de seguir un blog o a no volver tras una primera visita?
  5. ¿Prefieres los blogs personales o los que ofrecen información objetiva sobre determinados temas?
  6. ¿Qué importancia le das al aspecto visual o apariencia de los blogs?
  7. ¿Te gusta que en las entradas haya enlaces a otras entradas relacionadas? ¿Sueles ir a esas entradas enlazadas?
  8. ¿Cuántos blogs sigues de manera regular?
  9. Cuando dejas comentario en un blog, ¿sueles leer los comentarios de los demás lectores?
  10. ¿Recuerdas cómo llegaste por primera vez a Juguetes del viento?
Muchas gracias.



casa de Mark Twain



lunes, 19 de diciembre de 2016

Que hablen ellos (como es tradición)



Parece que al llegar los últimos días del año, que son como una frontera del tiempo, nos entran ganas, de forma natural, de poner alguna señal en esa frontera. Algo que sea como una banderita que clavásemos en el mapa de los días.
Y para marcar ese paso de un año al otro, ese paso que por alguna razón no nos deja indiferentes del todo, en este blog tenemos la costumbre de pedir a unos amigos que nos dejen unas palabras especiales; unas palabras de esas que ellos usan tan bien y que siempre nos dan motivo para meditar.

En esta ocasión John Fante, Stefan Zweig, Sándor Márai y Robert Louis Stevenson se han puesto de acuerdo para traernos unas reflexiones sobre las palabras precisamente. 
Todos se refieren a su importancia, al papel fundamental que tienen en la vida y las relaciones humanas, aunque Stevenson más bien parece que no se fía mucho de ellas. Pero eso es lo más interesante, porque cuantas más caras tenga un diamante, más reflejos emite y más brillante es su resplandor.

El primer destello es de John Fante, que nos habla de cómo las palabras, unas palabras determinadas encontradas en un libro determinado, pueden cambiar a una persona. Yo lo creo absolutamente, yo sé que eso ocurre y que el cambio siempre es para bien:


Tenía el libro en las manos,  y temblaba mientras me hablaba del hombre y del mundo, del amor y de la sabiduría, del dolor y la culpa, y supe que yo ya no podría ser el de antes.

-John Fante. La hermandad de la uva-


Y parece que Stefan Zweig está de acuerdo; la palabras pueden causar una conmoción en nuestro ánimo, tal es su fuerza cuando proceden de lo más hondo de una persona:


Hay estremecimientos súbitos […] ciertas palabras que son del todo verdad sólo una vez, en la intimidad, brotando de un tumulto inesperado de los sentimientos.

-Stefan Zweig. La confusión de los sentimientos-


Y cuando las palabras son así, tan verdaderas porque expresan la pura esencia de quien las dice, parece que son algo más que palabras:


Y hay noches en que las palabras no suenan a falsedad, como si no fuésemos nosotros, los protagonistas de la noche, quienes las pronunciáramos, sino la noche misma.

-Sándor Márai. La gaviota-


Quizá por eso puede parecer, y quizá así sea, que las palabras, a veces, tienen autonomía; que no somos nosotros quienes las usamos cuando las necesitamos, sino que ellas vienen a nuestro encuentro cuando es el momento oportuno, y nos alumbran el camino:


Las palabras se encadenan, se ajustan unas a otras, no hay que perder el tiempo  amoldándolas; seguramente hacía tiempo que se preparaban para un gran  momento, y cuando aparecieran, como las imágenes de un sueño, surgirían de pronto y cobrarían sentido, convertidas en imágenes y frases […] El significado de las palabras no es sólo lo que significan, sino el ámbito que iluminan. Uno se pone en marcha en la oscuridad iluminada por unas pocas palabras.

-Sándor Márai. La extraña-


Y ahora llega Stevenson y nos dice que él no se fía tanto de las palabras, porque a veces se mezclan como no deberían, o porque el cerebro las elabora y les hace perder su espontaneidad:


Pero la mirada o el gesto explican las cosas en un instante, comunican el mensaje sin ambigüedad. A diferencia del lenguaje, los gestos no tropiezan por el camino con un reproche o una alusión que apartarían a tu amigo de la verdad; y además tienen una autoridad superior, pues son la expresión directa del corazón, que no ha sido transmitida mediante el cerebro infiel y sofisticado.

-Robert Louis Stevenson. La verdad de la conversación-

  
Palabras. Nuestro mundo humano está hecho de palabras. Nada existiría sin las palabras.
Y gracias a las palabras, ustedes y yo nos encontramos aquí, en este otro mundo en el que no hay gestos ni miradas, pero sí todo lo demás: significado, verdad, sabiduría, sentimiento…
Por eso quiero darles las gracias a todos ustedes por su gratísima compañía durante este año, y desearles mucha felicidad para el próximo. 
Espero que sigan acompañándome en este mundo de las palabras.


Morgan Library, New York




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Las tentaciones de Candi

Cuento


Candi llegó al escaparate de la confitería en el momento en que el pastelero colocaba una bandeja de merengues gratinados. El hombre le sonrió, al tiempo que le hacía gestos para que entrara. Pero Candi, desde la calle, rechazó la invitación.

Era un suplicio que esa pastelería estuviese tan cerca de su trabajo. Le resultaba imposible pasar sin ver las tartas de chocolate, los bollitos de nata, los bizcochos de licor… Y a ella le daba la impresión de que engordaba con sólo mirarlos.

Muchas veces había entrado en la pastelería celestial, y había comprado bombones y dulces de muchas clases. E incluso en algunas ocasiones el pastelero le había regalado unas pastas inglesas o unos pastelitos de gloria, o cualquier otra golosina- Quizá en agradecimiento a su fidelidad, quizá para mantenerla.

Pero llegó un momento en que a Candi aquella lujuria confitera empezó a parecerle pecado. Tenía que dejarlo o se condenaría a las penas de la báscula.
Sin embargo, no iba a ser fácil. El camino del infierno está empedrado de almendrados y crocantis, y las caídas son continuas. Más aún si alguien con gorrito blanco y sonrisa almibarada va poniendo la zancadilla.

Un día, cuando Candi ya había decidido no volver a entrar en la pastelería, e incluso miraba para otro lado cuando pasaba por delante, oyó una dulce voz que le decía:
-Señorita, ¿ya no me quiere usted?
-¿Cómo? –preguntó la joven con un respingo.
-Ya no entra usted nunca  -dijo el pastelero desde la puerta, con embaucadora aflicción.
-Bueno… -titubeó Candi-, ya vendré un día de estos. Tengo prisa.
Y acelerando el paso se alejó de la pastelería como quien huye de las tentaciones de Satanás.

Pero como no tenía más remedio que pasar por allí, pocos días después volvió a tropezar con el meloso repostero. Parecía estar esperándola, apoyado en la entrada de la tienda, con su gorrito y su sonrisa, los brazos cruzados sobre el delantal y el aire ufano de quien sabe que tiene las de ganar. Y le dijo:
-Pase usted, mujer, y verá qué rollitos de canela tenemos hoy. Y unas tartaletas de fruta… Le regalaré una, para que las pruebe.
Y la pobre Candi, temblorosa como un flan de huevo, respondió:
-No, no, gracias, otro día  -y pasó de largo.
El confitero la siguió con la mirada. Y mientras la miraba, sonreía.

Habían pasado varias semanas desde el día en que Candi decidió no volver a comer dulces, y empezaba a sentir que se merecía una pequeña satisfacción para compensar tanto esfuerzo. Pero ¿y si por un momentáneo placer echaba por tierra todo ese esfuerzo y volvía a caer en el abismo de la dulce gula?

Una vez más tuvo que pasar por delante de la confitería. Y una vez más estaba el pastelero en la puerta.
-¿Y hoy? –le dijo-. ¿Tampoco va a entrar usted hoy?
Y al ver la actitud dudosa de Candi, insistió:
-Total, por un pastelito pequeño no va a pasar nada. ¿Quizá una bolita de coco? ¿O un hojaldre ligerito?

Y Candi, mordiéndose el labio y mirando al confitero como pidiéndole clemencia, hizo ademán de poner un pie en el escalón de la pastelería.


Confitaira Nacional.  Praça da Figueira, Lisboa.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Cada uno a su manera

(Incluye un juego)

Una amiga mía dice que yo no leo libros sino que me los estudio. A mí me hace gracia la ocurrencia, pero creo que en realidad algo de eso hay.

Robert Walser Historias de amorEn ocasiones, personas que me conocen pero no mucho, dan por hecho que leo muchísimo, y me preguntan, con curiosidad, cuántos libros leo al mes. Seguramente esperan que les responda con alguna cifra llamativa, pero la verdad es lo contrario: que leo muy poco. Es verdad que leo a diario, pero leo pocos libros al cabo de un mes. Diría que, por término medio, leo tres libros al mes, calculando una media de doscientas páginas por libro y teniendo en cuenta todas las excepciones que se puedan presentar. Es decir, pueden ser cuatro, dos o incluso sólo uno, según las circunstancias.

La escasa cantidad de libros leídos por mí al mes o al año se explica sobre todo por mi notable lentitud. Hay muchas personas que leen dos libros a la semana, o que incluso pueden leer un libro en un día. Yo, en cambio, me desplazo por las páginas como una tortuga por el campo: pasito a pasito, con parsimonia, sin prisas  por llegar al final. ¿Y a qué se debe esa lentitud?, puede que se pregunte alguien. Y la respuesta es muy sencilla: es que además de leer despacio me detengo muchas veces. Leo las frases, las releo, las subrayo;  leo y vuelvo a leer los párrafos que más me gustan, los señalo; vuelvo atrás cuando dudo sobre algún detalle... Y así todo lo que se tercie.
Otras veces ocurre que  la página o el párrafo me resultan tan ágiles -ya sea por su emoción o su ritmo-, que lo leo no como la tortuga sino como la liebre, porque las palabras parecen ir a galope y arrastrarme en su carrera. En esos casos, claro, después de esa primera lectura veloz, también vuelvo atrás para leerlo otra vez más despacito. 

Claro está que todo esto depende de cada libro. Hay algunos en los que no encuentro motivo para tanto detenimiento. Pero cuando sí lo encuentro me parece un desperdicio no leerlos así, con deleite y dedicándole tiempo y atención. Porque lo que me interesa no es sólo avanzar para ver cómo se resuelve la cosa, sino adentrarme y complacerme en todos los detalles de la historia, del lenguaje y de las ideas.
Rebecca Capbell The explorer
The Explorer (Rebecca Campbell)
Y entonces me parece como si la historia, las palabras y los pensamientos que voy leyendo fueran una especie de transfusión,  alguna clase de suero que se deslizara por mi organismo como un esquiador por una pista de nieve: con suavidad y sin freno, y levantando a su paso un revuelo de emociones.

Todo esto no es más que mi manera de leer, mi forma de relacionarme con el libro y que coincide con mi forma general de proceder. Pero no quiere decir que me parezca necesariamente la mejor forma de leer. De hecho, muchas veces me pregunto si es necesaria tanta demora, tanta dilación, para extraer del libro su esencia. Y si no sería mejor dedicar menos tiempo a cada libro y abarcar más, como esas personas que leen diez libros al mes y que en verdad me producen cierta envidia.
Pero supongo que esto no tiene remedio, y que cada uno lee a su manera del mismo modo que hace todo lo demás a su manera.

El caso es que al pensar en esto no he podido evitar preguntarme cómo leerán ustedes. Y como una cosa lleva a otra, he pensado que podría estar bien hacer un pequeño juego, de esos que a veces planteamos en este blog, y que viene a ser lo que ya hicimos en aquella  otra entrada titulada De-text-ives.
Así que si les apetece, la idea es que dejen ustedes aquí sus amables comentarios, pero no con su identificación habitual sino con seudónimo; y que en ese comentario me digan cuál es su forma de leer, cuántos libros leen por término medio al mes o al año, si se consideran lectores lentos o rápidos… en fin, todo lo que les parezca oportuno. Y yo, por mi parte, guiándome por el estilo de esos comentarios, por el idiolecto, o por lo que creo saber o intuir de ustedes como lectores, intentaré adivinar quién se oculta detrás de cada seudónimo.  
Espero que les parezca interesante esta propuesta y, en cualquier caso, espero sus comentarios como siempre.
Muchas gracias.


Oporto librería Lello & Irmao


jueves, 17 de noviembre de 2016

Matías

Cuento

Con su traje de lino, su sombrero de verano y su bastón de adorno, Matías paseaba por la calle como quien no quiere la cosa.
—Qué buena planta tiene este hombre —decían las mujeres al verlo pasar.
—Allá va, como todos los días —decían los hombres, y se guiñaban el ojo unos a otros. 
Y Matías, ligero y jovial como un pajarillo en primavera, seguía su camino hasta la panadería de Manolita como si nada, como si no se diera cuenta de que lo miraban; como si ni siquiera se hubiese dado cuenta de que tenía ochenta años.

Pero los tenía, y se le notaba sobre todo en los recuerdos.
Algunas veces, por las noches, se quedaba pensativo, acordándose de todo. “Madre mía, cuántas cosas han pasado”, se decía. 
Y en esas ocasiones pensaba que quizá sus nietos tenían razón y estaría bien escribir unas memorias.  

Por eso una tarde se sentó a la mesa, con un café y un montón de folios, como los escritores, y empezó a redactar. Escribió sobre sus padres y sus hermanos, anotó algunas anécdotas de la infancia… pero se cansó en seguida. “Será la falta de costumbre”, se dijo. “En estas cosas hay que ir con tiento”. Entonces se acostó y se durmió, y a la mañana siguiente se levantó dispuesto de nuevo a ir por el pan y a vivir el día.

Poco tiempo después, estando de charla con sus amistades, alguien le dijo: 
—Matías, y usted que tiene tan buena cabeza, ¿por qué no escribe sus recuerdos? Seguro que tiene mucho que contar. 
Y Matías volvió a pensar en las dichosas memorias. Y una tarde volvió a sentarse, con su café y sus folios, a escribir. 

Pero algo le impedía avanzar. Era ponerse a rememorar y empezar a sentirse incómodo, como si aquello de andar manoseando los recuerdos le sentara mal. 
Así que dejó la tarea, y mientras se preparaba la cena no podía evitar sonreír al ver el pan que le vendía Manolita. Y además se lo comía con muchas ganas. 

Puso la tele y apareció un médico que estaba dando consejos para la edad provecta. 
—También es muy bueno —decía el galeno— que las personas mayores escriban sus recuerdos… 
—Y dale con los recuerdos—dijo Matías, cambiando de canal. 
Y mirando la pantalla volvió a sonreír pensando en el pan que compraría al día siguiente.


bread basket cesta de pan

lunes, 7 de noviembre de 2016

Sínquisis


Sínquisis, sí.
La primera y única vez que esta curiosa  palabra me salió al encuentro fue al leer los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau.
Y aunque todos los textos que componen esta obra son un poco locos (que para eso son de Queneau), lo de la sínquisis me pareció algo tan absurdo y tan psicodélico que sentí mucha curiosidad por este concepto y quise saber más sobre el asunto.

Raymond Queneau
Raymond Queneau
Por eso sé que esta palabra proviene del griego synchysis, “mezcla”; que es una figura retórica que utilizaban con frecuencia los poetas clásicos latinos; y que consiste en colocar las palabras dentro de la frase de manera irresponsable, formando una auténtica mixtura verborum o cacosíndeton, como también se denomina.

Dicho de otro modo, la sínquisis consiste en alterar el lógico orden de las palabras. Vamos, como si la sintaxis en huelga puesto  se hubiese  y las palabras se colocaran como buenamente les pareciera.

Por eso Queneau dice: “Arrogante y llorón con un tono, que se encuentra a su lado, contra el señor, protesta.” O:  “en la Roma plaza de lo encuentro más tarde dos horas...”
Lo cual es como aquello de “Caído se le ha un clavel” pero a lo bruto: el hipérbaton llevado al extremo del disparate.

Yo si la utilización me pregunto de esta técnica tiene alguna finalidad concreta que no sea la pura gana de entretenerse por parte del escritor, o de poner a prueba la paciencia del lector.
Porque desordenadas escribir tan frases, como un puzzle sin montar, hace muy difícil y engorrosa la comprensión del texto. Y no me parece que producir lector en el desconcierto sea la mejor manera de atraer su interés por lo escrito. Más bien me parece que se corre el riesgo de que abandone la lectura, harto de leer frases incomprensibles.
Si yo escribiera algún texto, lo último que lo leyese querría es confundir a quien.
Y si fuese lector de un texto escrito así, con sínquisis, creo que el orden de andar las frases recomponiendo de tener que me cansaría.

Pero la verdad es que, ahora que caigo, leer el texto de Queneau me resultó divertido. Me gustó las frases observar cómo había trastocado y cómo, a pesar de la confusión inicial, y sin llegar a ordenar las palabras de manera lógica, podía intuir el mensaje. Y me divirtió ir en su lugar poniendo las palabras natural, viendo cómo surgía el orden que se escondía en el revoltillo.

Vaya, cuanto más lo pienso, más gracia le voy encontrando a esto de la sínquisis.

Quizá Queneau sólo pretendía jugar con las palabras, algo en lo que era experto; pero tal vez, de paso, este juego sirva para dar relevancia a las palabras mismas, a las relaciones que hay entre ellas y a las leyes que gobiernan el lenguaje, de las que no siempre somos conscientes.
Quizá en estos casos el mensaje sea lo de menos, sólo el medio por el que las palabras se hacen notar  y la excusa para que el lector acepte la invitación de unirse al juego.


mandala


sábado, 29 de octubre de 2016

Parejas complejas, 11


Hay parejas que además de ser complejas son muy jocosas. Y no me refiero a esas parejas de cómicos que nos hacen reír (o no) en la tele; ni a los políticos que se enzarzan en duelos dialécticos a ver cuál de los dos dice la gracia más graciosa del día.

Me refiero, cómo no, a las parejas de palabras que parecen hechas para ponernos en un aprieto cuando llega la hora de utilizarlas.
Y no es que las palabras sean cómicas per se. Muchas veces, de hecho, son palabras muy serias y circunspectas. Pero es que cuando las utilizamos sin la precisión y la cautela necesarias, formamos sin querer frases que dan mucha risa. Mucha más que los pretendidos chascarrillos de algunos cómicos, y casi tanta como las ingeniosísimas frases que algunos próceres de la política dejan caer en los micrófonos y en las redes sociales.

Beethoven
Beethoven diseñando un tendido eléctrico
Para ejemplificar esto que digo, les presentaré el escabroso caso de la pareja formada por electrizar y electrificar.
Como saben ustedes, electrizar significa exaltar o excitar a alguien, mientras que electrificar, que parece casi lo mismo, es hacer que algo funcione mediante electricidad o proveer de electricidad un lugar.

Sí, las dos palabras parecen casi lo mismo, y que es lo mismo es lo que debieron de creer los responsables del documental sobre Beethoven que vi hace poco, en el que la voz del narrador dijo que el músico, en sus conciertos, era capaz de “electrificar al público”.

A mí me dio risa, la verdad, pero el error es sonrojante.

Por cierto, hace unos días, en la novela Alves y Compañía de Eça de Queirós, leí: “Pero como el empleado se azaró un poco…”
Y entonces una duda me asaltó y me sobresaltó: ¿Azarar? ¿ No es azorar?
Y lo que me dijo el diccionario volvió a sobresaltarme, conturbarme, y causar intranquilidad en mi ánimo.

escudo de Málaga
El escudo de la
denodada ciudad
Porque resulta que azarar significa, mira por donde, sobresaltar, conturbar o sonrojar; mientras que azorar significa, mira por donde otra vez, conturbar y sobresaltar, pero también irritar o infundir ánimo.
Es decir, que si algo nos sobresalta podremos decir que nos azoramos o nos azaramos, sin temor a equivocarnos; pero si nos irrita, sólo deberemos decir que nos azora; y si nos hace ruborizarnos, que nos azara.

Cosas veredes, Sancho amigo.

Y azorada o azarada, es decir, sobresaltada, se sintió una compañera de clase un día, cuando alguien comentó el lema del escudo de la ciudad de Málaga. Porque éste dice: “Siempre denodada - La primera en el peligro de la libertad - Muy hospitalaria - Muy benéfica - Muy noble - Muy leal”.
Y la muchacha, desconcertada, se preguntaba cómo una ciudad hospitalaria, noble y todo eso podía ser denodada. Y es que había confundido denodada, es decir, esforzada o atrevida, con denostada, o sea, insultada o calumniada.

Cuando comprendió el equívoco se le pasó el sobresalto, pero no el sonrojo. Es decir, ya no estaba azorada pero sí azarada.

Y es que las parejas complejas tienen como misión dejarnos en evidencia, sonrojarnos e irritarnos. Eso es algo ya sabido; pero que se recreen rizando el rizo, enroscándose sobre sí mismas y haciéndonos caer en una especie de remolino léxico-semántico, azorándonos, azarándonos, y denostándonos aunque hagamos esfuerzos denonados por aclararnos, es de una mala idea electrizante.


azor
El azor, un pájaro que asusta y sobresalta a otras aves,
y responsable de la pareja azorar/azarar



lunes, 17 de octubre de 2016

El asombro


“Había llegado a ese grado de emoción en el que se tropiezan las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme“.
-Stendhal-


He realizado recientemente un viaje por Portugal, y una las ciudades en las que he estado ha sido Coimbra. Tenía mucho interés en visitar su Universidad (siglo XIII) y en particular la excepcional Biblioteca Joanina (siglo XVI).

La Torre y la Galería  Latina
Cuando preparaba el viaje y supe de la prohibición de hacer fotografías en la Biblioteca no sentí, como cabría pensar, desilusión, sino al contrario, me alegré. Y después, estando allí, comprendí que no podía ser de otra forma. Intento imaginar por un momento a un grupo de personas en la Biblioteca, rodeadas por esos ilustres 60.000 volúmenes, mirando no con los ojos sino a través de un visor o una pantalla, y capturando no las sensaciones sino unas inertes imágenes fragmentadas, y me parece una frivolidad, por no decir una burla.

La Biblioteca era la última etapa de la visita a la Universidad, por lo que antes subí a la Torre, recorrí la Galería Latina, vi la sala de los Capelos,  la de las Armas, la Capilla… Y todo me pareció asombroso.
Cuando llegué a la Biblioteca tuve que aguardar turno, ya que las visitas están programadas de manera que sólo pueden entrar sesenta personas como máximo cada veinte minutos.
Yo había visto, claro está, imágenes de la Biblioteca que me habían dado idea de su esplendor, así que mientras esperaba a que sus puertas se abriesen para mí, me preparaba para contemplar los libros que cubren las paredes y que datan de entre los siglos XV y XVIII; los fabulosos techos, las estanterías doradas, las mesas de maderas exóticas, las columnas de fantasía…

Joao III (1502-1557),
fundador de la Biblioteca
Cuando por fin llegó nuestro turno para entrar, mis acompañantes y yo éramos los primeros del grupo, y de nosotros yo fui la primera en entrar. Y durante un instante, al poner el pie dentro de la sala maravillosa y levantar la vista, me quedé sin respiración.
Y esto no es una expresión. Me sentí intimidada, asombrada, maravillada.
Por un lado me impresionaba pensar que durante esos primeros instantes, al entrar, yo era la unica persona del mundo que estaba viendo aquel lugar. Y me parecía que los libros me miraban desde sus estantes enrejados y me saludaban, permitiéndome contemplarlos.

Pero también sucedía que lo que me rodeaba no tenía nada que ver con lo que yo había visto en imágenes. Era algo no bello sino sobrecogedor. Porque no se trataba sólo de la belleza espectacular que percibía con la mirada; era algo más, algo intangible que no se transmite en las fotografías ni en los documentales. Es algo que sólo se puede sentir estando allí, y que tiene que ver con el saber acumulado durante siglos en aquellos libros; con la capacidad de la mente humana para concebir lugares así; con la voluntad de los hombres de conservar los conocimientos y el arte de quienes los precedieron. Con el afán de crear mundos dentro de nuestro mundo. Y tiene que ver con el silencio, con la solemnidad, con el respeto.

Casi no me atrevo a decir, por temor a resultar exagerada, que todo eso me emocionó de tal manera que no pude contener las lágrimas.
Y supongo que en un caso así es inevitable pensar en el llamado síndrome de Stendhal. Pero no creo que fuera eso lo que me ocurrió. No sentí ninguno de los síntomas físicos que, según los expertos, configuran tal síndrome. No, simplemente fue una emoción muy intensa, una gran impresión, un sentimiento apasionado, provocado por las sensaciones y los pensamientos que he referido.

Y creo que por eso mismo, por proteger esas emociones, esa consideración  y reverencia que merece el lugar, por lo que es y por lo que representa, es por lo que no se permite hacer fotografías. 
Y por eso, aunque había sesenta personas en la sala, sólo se oía ese silencio vivo que se produce cuando callamos por respeto, cuando nos sentimos pequeños porque sabemos que lo que nos rodea es más trascendental que nosotros.


"Este es el emplazamiento que la augusta Coimbra dio a los libros,
para que la Biblioteca le corone la frente"