sábado, 25 de febrero de 2017

Tres hombres y un destino


¿Qué pueden tener en común un joven impresor norteamericano del siglo dieciocho, un rico empresario escocés del siglo diecinueve, y un humilde trabajador colombiano del siglo XXI?

Diríase que nada, salvo que nos refiramos a algo que está por encima del tiempo y de las circunstancias personales y sociales, de las condiciones de vida y del carácter de cada cual.
Y a algo así nos referimos, en efecto.

Benjamin Franklin by David Martin, 1767 WikipediaNuestro primer personaje, el impresor dieciochesco, mostró de niño grandes aptitudes para el aprendizaje y fue un alumno brillante. Sin embargo, a los diez años tuvo que abandonar la escuela para empezar a trabajar como aprendiz en la imprenta de su padre.
Pero como era estudioso por naturaleza, dedicaba varias horas al día a leer, supliendo así la formación académica que no pudo recibir.
Siendo ya un joven profesional, organizó con unos amigos un club intelectual. Se reunían una vez a la semana y charlaban sobre política y filosofía.
Pero para sus debates necesitaban libros que leer, y esto representaba un problema: había pocas librerías y los libros eran caros para sus escasos medios económicos.  Y las bibliotecas públicas, donde poder ir a leer y sacar libros en préstamo,  no existían aún.
Pero este muchacho inteligente tuvo una gran idea: reunir los libros que tenían entre todos los amigos, y además establecer una cuota para comprar más.
Así fueron añadiendo volúmenes  hasta formar una buena colección. Y entonces el joven impresor estableció una  biblioteca en su propia casa, que abría los sábados por la tarde.
La cosa estaba bien organizada: los miembros del club, es decir, los que pagaban la cuota, podían llevarse los libros que quisieran, pero si los perdían tendrían que pagar una multa. Y además la biblioteca también estaba abierta para el púbico en general, que debía pagar una fianza por si no devolvían los libros que sacaban.
Esta idea librera fue un gran éxito en su ciudad, donde leer y aprender se convirtió en una prestigiosa afición, y sus habitantes adquirieron fama de ser los más cultos del país. Tanto fue así que pronto llegaron nuevos patrocinadores para la biblioteca, y otras ciudades pusieron en marcha proyectos similares.

Y así fue cómo este joven intelectual autodidacta, llamado Benjamin Franklin, inventó la biblioteca pública.

Nuestro segundo personaje fue un niño escocés muy pobre que a los doce años  emigró con su familia a Estados Unidos.
Empezó a trabajar en una fábrica, y siendo aún adolescente ya estaba decidido a no quedarse en eso. Sabía que si se formaba, si estudiaba, podría cambiar sus perspectivas de vida. No tenía dinero para comprar libros ni para pagar la cuota de la única biblioteca que tenía a mano y que era privada; pero supo convencer a sus responsables para que le permitieran utilizarla.
Gracias a su interés por aprender, a su espíritu de trabajo y a su ambición por superar la pobreza, el joven emprendedor fue poco a poco mejorando su situación, de tal manera que llegó a ser una de las personas más ricas del mundo.
Pero la riqueza no le hizo olvidar las convicciones políticas que había heredado  de su padre y su abuelo, que habían luchado en Escocia por la igualdad y los derechos de los trabajadores.  Pensaba este hombre que la responsabilidad de los ricos era compensar  a la sociedad por los beneficios que conseguían gracias al trabajo de los obreros, de manera que éstos tuvieran también la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida.
Y siendo consciente de la importancia de la formación intelectual, y de la importancia de  las bibliotecas para que todo el mundo pudiera tener  acceso al conocimiento, dedicó gran parte de su riqueza a fundar bibliotecas públicas por todo Estados Unidos y también en el Reino Unido.
Por otro lado, todo hay que decirlo, pagaba poco a sus empleados. Pensaba que la mejor manera de compensarlos y mejorar su vida era mediante los libros. Curiosa manera de entender las necesidades del obrero.
Carnegie Hall
Pero lo importante en esta historia sobre bibliotecas es que un sólo hombre, con una visión puramente altruista, creó más de dos mil bibliotecas. Imaginemos cuántos libros puede haber en dos mil bibliotecas, y a cuantos miles de personas se les facilita así el acceso a la cultura y al conocimiento. Con todos los beneficios que eso implica.
Este filántropo raro se llamaba Andrew Carnegie, y a pesar de su ingente labor bibliófila, hoy su nombe no se recuerda tanto por las bibliotecas que fundó como por otra de sus contribuciones a la cultura: el prestigioso auditorio Carnegie Hall, que construyó en 1891.
Y llegamos ahora a la historia del trabajador colombiano, un hombre sencillo que trabaja en el servicio de recogida de basuras de Bogotá.
Casi no tiene estudios, pero sí un gran amor por la lectura: cuando era niño apenas pudo ir a la escuela, pero su madre le leía todas las noches.

Hace unos veinte años, cuando hacía su servicio por los vecindarios pudientes de la ciudad, este basurero intelectual decidió rescatar los libros que encontraba en la basura. Y no debían de ser pocos, porque ha llegado a reunir más de veinte mil.
Los hay de todo tipo, y con ellos ha creado, igual que aquel joven del siglo dieciocho, una biblioteca pública en su modesta casa. A ella acuden los niños de las zonas más pobres y apartadas, para quienes los libros son un verdadero lujo, y que tampoco pueden acceder, por la distancia, a las bibliotecas públicas de la ciudad.
Y es que, al igual que el rico empresario escocés, este hombre sencillo considera que los libros, el conocimiento, son el mejor medio para salir de la miseria.
Su nombre es José Gutiérrez, pero en Colombia lo llaman El Señor de los Libros.

Así es, los libros están por encima de condiciones sociales y personales; por encima de épocas y nacionalidades; por encima de ideologías y conflictos.
Los libros despiertan el espíritu e igualan a las personas más dispares dándoles un destino común: el amor por el conocimiento y el deseo de compartir esa riqueza intangible con nuestros semejantes.


garbagge collector library

Aquí, la historia de otro héroe colombiano

jueves, 16 de febrero de 2017

Isla de goma


La arena quema.
Mi tío clava la sombrilla, la abre, y el toldo circular nos proclama dueños de ese territorio. Marcamos el perímetro con las sillas plegables, la nevera, las cestas y la enorme colchoneta hinchable, negra y roja como la lava de un volcán. 
Somos como exploradores por un blando desierto.
Mi tío se sienta bajo la sombrilla a leer el periódico. Mi tía se tumba al sol.
Mis primos y yo corremos hacia la orilla.

El agua hiela.
Mi primo se lanza en seguida y nada hacia dentro como un niño pez. Mi prima y yo entramos despacio, subiendo los hombros y dando saltitos cada vez que el agua culebrea y nos moja la barriga.
Mi primo ya vuelve, resuelto y ufano.
-Voy por la colchoneta —dice. Y se adentra de nuevo en las ardientes arenas movedizas.
Mi prima y yo seguimos en la orilla. Damos dos pasos más, nos agachamos y nos mojamos hasta los hombros. Vacilamos un poco, damos otro pasito y por fin nos mojamos la cabeza. Salimos en seguida a la superficie, peinándonos con las manos los ojos y el pelo.
Ahí viene mi primo. Casi no puede con la colchoneta. Pero es un niño que no se arredra, y con muelles en los pies llega junto a nosotras.
Posa la colchoneta en el agua.
—Venga, subid —dice, mientras intenta mantenerla firme.
Mi prima y yo, con poca gracia, subimos a la colchoneta con la barriga y las rodillas. Después se sienta mi primo. Hay sitio de sobra para tres niños flacos.

La colchoneta se balancea al suave ritmo de las breves olas. 
Sin decir nada, mi prima salta de la colchoneta.
—¿Te vas? —le pregunto.
—Voy a tomar el sol —dice.
Con los codos levantados y el agua por las costillas se aleja rebotando hacia la arena.

Mi primo y yo seguimos en la colchoneta. Miramos los barcos que hay en el horizonte y él dice que le gustaría ser capitán.
En ese momento miro hacia la orilla y me parece que va hacia atrás. 
Mi primo y yo nos miramos.
—Tú quédate en la colchoneta — me dice.
Y el niño pez se tira al agua, y me deja sola, y se aleja.
Yo intento remar con los brazos, pero la colchoneta es demasiado grande. Entonces le grito:
—¡Jorge, vuelve, yo sola no puedo!
Pero no vuelve.
Y en medio de la gran isla flotante, me quedo muy quieta, como una sirena petrificada, aguantando la respiración sin querer y las lágrimas queriendo.
Me aterra tirarme al agua. Ya no hay suelo debajo y mis brazos de niña flaca se cansan pronto.
Pero quedarme en la isla de goma es peor.
Entonces, envalentonada por el miedo me lanzo al agua y nado, nado, nado…
Ya me duelen los brazos. Me detengo en vertical, como una medusa, moviendo las piernas y los brazos lo justo para mantenerme a flote.
Mi primo está todavía en el agua, no lo he perdido de vista.  Y parece que vuelve… sí, viene hacia mí.
Se detiene un momento y me grita:
—¡La colchoneta!
—¡Ve por ella si la quieres! —grito yo, y empiezo a nadar de nuevo.
El niño pez pasa por mi lado. Yo voy llegando a la orilla.

Por fin mis pies tocan el suelo. Me siento en la arena. Respiro de verdad. Veo a mi primo a lo lejos, que vuelve como un naúfrago en una balsa.
No lo espero. Me pongo de pie y busco nuestra sombrilla.
Llego al campamento. Mi tio sigue leyendo el periódico. Mi tía y mi prima  se fríen al sol. Me seco la cara, extiendo mi toalla y me tumbo junto a ellas. 
—¿Ya te has hartado de agua? —pregunta mi tía abriendo un ojo.


Malagueta, Málaga


viernes, 3 de febrero de 2017

Tres nuevas


Al igual que los campos monótonos del invierno se van animando y llenado de color con las florecillas que aparecen al llegar la primavera, así el monótono paisaje  del lenguaje revive y se anima  con las palabras que añadimos de vez en cuando a las praderas de nuestro léxico.

Últimamente he añadido yo unas cuantas palabras llenas de color a mi diccionario personal, ese que cada uno tenemos en la cabeza, aunque unos más gordos que otros.

Las palabras nos acompañan, nos rodean, nos persiguen, y aunque la mayoría de las veces no les hacemos mucho caso, hay ocasiones en que no queda más remedio que prestarles un poco de atención. Algunas son tan bonitas, tan raras o tan graciosas que nos sorprenden y hasta nos hacen sonreir por el feliz hallazgo. En esos casos siempre pienso que esas palabras hay que sacarlas a pasear.
Y sacarlas a pasear, claro, significa usarlas en público, en alguna conversación o en algún texto. Pero para estrenarlas, qué mejor que traerlas aquí, y ver si les gustan a ustedes también.

semicupioLa primera de mis tres palabras nuevas es semicupio, que a mí, por alguna razón, me resulta muy cómica. 
Un semicupio es, por así decir, una bañera de medio cuerpo; un baño de asiento, de esos tan decimonónicos que vemos en las películas del Oeste, en las que los rudos vaqueros se asean sin perder de vista el revólver, por lo que pueda pasar.
Esta palabra procede del latín y está formada por semi y cupa, que significa cuba o tonel. Es fácil imaginar qué se usaba antes de este invento.

La segunda palabra es giróvago, que suena, me parece a mí, a máquina voladora de fantasía.
Pero en realidad giróvago es sinónimo de vagabundo; y, según nos dice el diccionario,  también denomina al monje que “por no sujetarse a la vida regular de los anacoretas y cenobitas, vagaba de uno en otro monasterio”.  Es una palabra tan bonita que hasta su definición resulta poética.

dedrviches giróvagosPor otro lado, también se denomina giróvagos a los derviches o “monjes” de Turquía, que danzan girando sobre sí mismos para entrar en éxtasis.
Así que todo queda entre vueltas, revueltas y monjes, lo que me resulta muy curioso.

Pero indagando un poco más en el término he aprendido otra cosa curiosa. Resulta que esta palabra proviene del latín gyrovagus, de gyrus (movimiento circular) y vagus (errante). Y que este vagus, a pesar de lo que parece, no tiene que ver con vago, el holgazán; porque vago no proviene de vagus sino de vacuus, que, aparte de vacío, significa también ocioso, sin ocupación.
Son cosas del latín.

La última palabra de hoy es mi favorita de los últimos tiempos, por su forma y por su significado: eutrapelia.
Suena airosa y danzarina,  y es, según el diccionario, la “virtud que modera el exceso  de las diversiones o entretenimientos”;  la gracia inofensiva, el juego inocente.
Está tomada directamente del griego εὐτραπελία, que se refiere a la conversación amable y amena.

Pero una palabra tan especial merece algo más que una definición y una etimología. Merece al menos que un sabio decimonónico le dedique unas palabras. Y seguramente por eso Matthew Arnold pronunció éstas tan elegantes:

La eutrapelia es la virtud que nos permite entregarnos por completo a ese asunto tan serio que es disfrutar de las delicias de la amistad y el amor, la familia y los amigos, los libros y los juegos, el vino y la cerveza […] es sin duda un don estupendo. Lucidez de pensamiento, claridad y exactitud de lenguaje, falta de prejuicios y de rigidez, mente abierta, modales amables […]


Las palabras tiene un valor impresionante, porque cada una contiene en sí un montón de ideas, de conceptos, que a su vez contienen otros, y otros... Y todo ello refleja y representa los infinitos aspectos y facetas del mundo y del ser humano.

Por eso a mí me parece que cada palabra que añadimos a nuestro léxico particular es como una llave que abre una puerta. Y al abrirse, esa puerta  nos deja ver un trocito más del mundo, ensanchando el panorama que percibimos y permitiéndonos comprenderlo un poco mejor.






martes, 24 de enero de 2017

La biblogteca de Brautigan


Hace algún tiempo, cuando hablamos aquí de Hay-on-Wye, el llamado pueblo de los libros, comentábamos que hay  en el mundo personas con ideas un poco locas, y que de vez en cuando algunas de esas personas tienen la osadía de llevar a cabo esas ideas que a otros les pueden parecer un disparate. 

Dijo Jack Kerouac (?) que los locos que creen que pueden cambiar el mundo son los que lo cambian, y a mí me parece que es verdad. Pero cambiar el mundo no significa darle la vuelta a todo, ni arreglarlo todo de sopetón ni nada de eso. Cambiar el mundo significa mejorar algo, incluso algo en apariencia insignificante. Esos cambios pequeños, que pasan desapercibidos para la mayoría y que parecen no tener repercusión ni trascendencia, cambian el mundo porque cambian los pequeños mundos en los que vivimos, que mejoran cuando recibimos el efecto de esas modestas acciones.

Todo esto tiene que ver con algo en lo que he estado pensando estos días, y que se relaciona a su vez con nuestras recientes reflexiones sobre la lectura de blogs.

Se trata de la Biblioteca Brautigan, que no sé si conocen ustedes. Seguramente sí conocerán a Richard Brautigan, el escritor americano de la contracultura, autor de La pesca de la trucha en América (1967),  su novela de mayor éxito.
Aunque lo que aquí nos interesa tiene que ver con otro libro suyo, The Abortion (1966). En esta novela Brautigan ideó una biblioteca muy peculiar, una biblioteca en cuyas estanterías podía dejar sus escritos todo aquel que quisiera:

No utilizamos el sistema Dewey de clasificación decimal ni ninguna clase de índice para catalogar nuestros libros.  Registramos la llegada de un libro a la biblioteca en el Catálogo de la Biblioteca, y después se lo devolvemos al autor, que puede dejarlo en cualquier lugar de la biblioteca, en la estantería que le apetezca.

Era una biblioteca para autores inéditos. Para personas anónimas que desearan conservar sus historias en algún lugar, por el puro gusto de saber que no se perderían.
Es una idea muy romántica: una especie de refugio, una casa de acogida para la literatura de todos, la que puede escribir una persona cualquiera, y que queda fuera de los mecanismos comerciales.

Entre los muchos lectores y admiradores de Brautigan había un hombre llamado Todd Lockwood, fotógrafo de profesión, que leía la novela cada año y al que la idea de esa biblioteca popular le atraía cada vez más.
Tanto que, después de mucho pensar en ello, en 1990 y en colaboración con el agente literario de Brautigan, decidió crear una biblioteca como la que el escritor (que se había suicidado unos años antes) había imaginado.
La llamó Biblioteca Brautigan y la emplazó en Vermont.
Y allí estuvo funcionando, recibiendo textos originales, historias de personas corrientes, escritas por abuelos, por jóvenes soñadores, por trabajadores de cualquier ámbito… por personas con algo que contar y sin más ambición que contarlo.
Porque no todo el que escribe tiene afán de publicar su obra. Muchos sólo queremos escribir, porque está en nuestra naturaleza, y compartirlo con personas afines.

Sorprendentemente, o quizá no, cuando Lockwood puso en marcha su proyecto, hubo escritores profesionales que lo criticaron, se quejaron y se enfadaron: una biblioteca donde se dejaba al alcance de cualquiera lo que escribía cualquiera. Lo que escribía cualquiera al margen de la industria editorial y de la crítica profesional. Donde nadie seleccionaba los originales, ni se corregían, ni se revisaban, ni pasaban ninguna criba. Una biblioteca para gente que escribe sin técnica, sin preparación, sólo con ilusión. Intolerable.

La primera vez que leí sobre esta biblioteca pensé de inmediato en algo que seguramente están pensando ustedes también: en cuánto se parece la idea de Brautigan al moderno concepto de los blogs. Cuánto se parece esa biblioteca, democrática y libre, a nuestros blogs, en los que cualquier persona puede mostrar por escrito lo que piensa, lo que siente, lo que le interesa. Y donde se conservan nuestros “manuscritos” indefinidamente, para nuestra satisfacción personal y para que quien lo desee pueda leerlos cuando lo desee.

Sin duda Richard Brautigan era un hombre de mucha imaginación. Pero lo que no pudo imaginar, cuando ideó su biblioteca para autores sin pretensiones, es que su invención despertaría tanto interés y resultaría tan inspiradora, incluso al cabo de las décadas. 
Y mucho menos pudo imaginar que  un día habría miles de bibliotecas como la suya, por todo el mundo, con el ciberespacio por estanterías.



httpwww.romanrhodes.comthe_natural_voice
Richard Brautigan 


-Desde 2010 la biblioteca se encuentra en Washington, donde forma parte del Clark County Historical Museum.
-Web de The Brautigan Library
-Web dedicada a Richard Brautigan

domingo, 15 de enero de 2017

Sociología bloguera (o algo así)


La entrada anterior consistió en la entrega de un premio virtual —el fastuoso Premio Lema— a los lectores y comentaristas de Juguetes del Viento.
El premio llevaba adjunto un cuestionario, una especie de entrevista cuyo objetivo era conocer un poco a los lectores como tales y saber algo de sus hábitos y preferencias en cuanto a la lectura de blogs.

“Los equiparo a cualquier otro tipo de información.” (Rick) 
*
“Me aportan formación y/o un enfoque distinto en temas que me interesan.” (Anónimo)

En esta entrada de hoy quiero darles las gracias por la generosidad que han mostrado ustedes, Lectores Magníficos, al contestar con esmero y seriedad; por la atención que han prestado a mis preguntas, y por el tiempo que les han dedicado. Vaya, casi estoy por darles otro premio…

Pero además ha ocurrido algo en lo que yo no había pensado, y es que las respuestas me han parecido tan interesantes, tan ilustrativas y tan significativas, que el modesto cuestionario ahora me parece una valiosa fuente de información de la que se pueden extraer sustanciosas conclusiones.

Los lectores de este blog, de esta “pequeña universidad del aire” (gracias, Soros, por la poesía) tienen en común el ser personas muy interesantes y amables. Pero cada uno tiene, claro está, un estilo y una personalidad únicos, exclusivos y diferentes.
Por eso creo que este grupo de lectores, pequeño pero diverso, puede representar a un número mucho mayor de lectores de blogs, de diferentes estilos, gustos e intereses. Y por eso me parece tan interesante el compendio de opiniones y pareceres que resulta de nuestro cuestionario.

Así, observando las respuestas, podemos decir que, en general, quien lee blogs espera encontrar información, pero de un estilo más entretenido y natural que el que se encuentra en medios más tradicionales; puntos de vista propios y opiniones sobre diversos asuntos; información sobre temas determinados pero presentada de manera original y personal, con un enfoque particular.

"Es una forma de conocer a personas que tienen algo que decir, saben cómo decirlo, no cobran por hacerlo, y permiten una forma peculiar de diálogo."  
(*entangled*)
*
“Espero aprender, conocer otros puntos de vista, sentirme parte
de algo bueno y disfrutar.” (Marisa)

Por eso no es sorprendente que sea unánime la preferencia por los blogs personales. Porque al hablar de blogs personales nos referimos al modo en que se tratan los temas: no una mera exposición objetiva de hechos, sino una creación individual, una forma propia y única de narrar.

“Prefiero (y por mucho) los blogs personales. Los defiendo 
a capa y espada.” (Holden) 
*
“Prefiero los que me atrapan y me hacen leer lo escrito sin poder
levantar los ojos.” (Guille)

En resumen, los lectores buscan amenidad y originalidad; que el blog sea creativo y nos sorprenda de alguna manera.

“Que sea original, bien por el estilo de la persona que
escribe o bien por los temas que elige.” (Soros) 
*
“De cada blog espero una cosa distinta, y de todos: creatividad.
Y puedo decirte que la encuentro a raudales.” (Sara)

Por otro lado, todos los lectores coinciden también en cuanto a lo que les aportan los blogs: información o conocimientos, inspiración, diversión, diferentes formas de escribir, y diferentes formas de ver las cosas; pero también compañía e incluso amistad.

“Con los blogs he aprendido, me he reido, me he emocionado, me han inspirado a escribir, me han hecho reflexionar... Cuando además se crea un vínculo amistoso no puede ser más satisfactorio.” (JuanRa) 
*
“Se aprende mucho y se descubre a personas muy interesantes.” (Conxita)

También hay mucha coincidencia en cuanto a lo que menos nos gusta de un blog, a lo que hace que deje de interesarnos. Aparte de la razón más elemental, que es que el tema del blog no sea de nuestro interés, casi todos los lectores indican que lo que más les disgusta es que no haya interacción,  es decir, que el autor del blog no responda  a los comentarios.

Las opiniones son muy variopintas, en cambio, en lo referente al aspecto visual del blog; a los enlaces relacionados que a veces se incluyen en las entradas, y  al número de blogs que sigue cada lector (entre tres y cincuenta).

Un aspecto de la lectura bloguera que a mí me resulta particularmente interesante es si los lectores leen los comentarios que dejan los demás.
Veo que la mayoría de ustedes sí los lee, al menos los de este blog, y lo cierto es que no me sorprende: sé que los lectores de Juguetes del viento se tienen en buena estima unos a otros, lo cual me congratula.

En mi caso, como lectora de blogs, siempre leo los comentarios que dejan los otros lectores en los blogs que sigo; creo que no me influyen en mi propio comentario, y casi siempre encuentro algo interesante en ellos. Y, por supuesto, me gusta mucho también leer las respuestas que el autor del blog da a cada comentario. Cuando son interesantes, los comentarios y las respuestas son una ampliación o un complemento del tema tratado en la entrada correspondiente.

Y por último, me ha gustado mucho saber o recordar cómo llegó cada uno de ustedes a Juguetes del Viento. Aunque lo que más  me gusta es que se hayan  quedado.

Al meditar ahora sobre todo esto, he pensado también que no es verdad lo que muchos empezamos a creer hace algún tiempo: que el blog como forma de expresión y comunicación estaba en decadencia, y que estaba siendo sustituido por otros medios de comunicación e interacción donde priman la inmediatez y la premura. 
Por el contrario, ahora me parece ver que, después de un periodo de cierto decaimiento, los blogs resurgen con más energía; que cada vez hay más personas que crean nuevos blogs, lectores que se  inician,  blogs que siguen activos durante muchos años, y lectores que mantienen su fidelidad.

Y también he pensado que aunque me equivoque con esta optimista perspectiva, lo que sí es seguro es que seguimos quedando nosotros, los que consideramos los blogs como algo natural, provechoso, cabal e inherente a nuestra vida.

“Me aportan la satisfacción y tranquilidad de ver que en el mundo hay 
gente estupenda haciendo cosas estupendas.(Metalsaurio)

🍃🍃🍃



lunes, 2 de enero de 2017

Premiados


Probablemente conocen ustedes esos premios virtuales que a veces se conceden a los blogs, como por ejemplo el Liebster y el Best Blog.

Estos premios son un reconocimiento que los blogueros se otorgan unos a otros, como una manera de valorar, recompensar y fomentar la labor bloguera. 

Las nominaciones a estos premios suelen ir acompañadas de un cuestionario, una especie de entrevista que quien otorga el premio le hace al candidato. Es una manera de conocer un poco más a la persona que hay detrás del blog premiado, y una ratificación del premio, como si dijéramos una variante del "discurso de aceptación".

Esto de los premios blogueros me parece un detalle muy generoso y de agradecer. Pero yo siempre digo que un blog, y desde luego este blog, perdería su sentido sin los lectores, que dedican un tiempo valiosísimo a leer lo que aquí se publica; y menos sentido aún tendría sin los comentarios, que son el testimonio de esas visitas; la prueba de que no sólo han dedicado ustedes un tiempo a leer sino que además han pensado y han escrito unas palabras con su parecer. Casi nada.

Pero es que además, yo particularmente tengo la suerte inmensa de que los visitantes de Juguetes del viento son comentaristas de primera categoría; y, por lo que sé en unos casos y lo que intuyo en otros,  también personas de primera categoría.

Así que he llegado a la lógica conclusión de que ustedes los lectores, más que nadie, merecen un premio. Porque ustedes son los que hacen que el blog tenga sentido; ustedes le dan vida con sus opiniones y sus ideas; ustedes inspiran, sugieren, motivan.
Así que, de manera modesta y virtual, yo les otorgo a todos ustedes ustedes un premio, un premio tan grande como mi gratitud.

Y como es fácil imaginar, este premio, que podría denominarse “Lema” (Lectores magníficos), también lleva aparejada una entrevista, como todo premio que revista un mínimo de seriedad.
Contestar las preguntas de dicha entrevista es un requisito prescindible para hacerse acreedor del premio, así que aquellos de ustedes que lo deseen podrán dejar sus respuestas, ya saben, aquí detrás, en el saloncito de los comentarios.

Éstas son las preguntas para ustedes, lectores magníficos:

Premio Lema 

  1. ¿Por qué lees blogs?
  2. ¿Qué buscas en un blog o qué esperas de un blog?
  3. ¿Qué te aportan los blogs que lees?
  4. ¿Qué te lleva a dejar de seguir un blog o a no volver tras una primera visita?
  5. ¿Prefieres los blogs personales o los que ofrecen información objetiva sobre determinados temas?
  6. ¿Qué importancia le das al aspecto visual o apariencia de los blogs?
  7. ¿Te gusta que en las entradas haya enlaces a otras entradas relacionadas? ¿Sueles ir a esas entradas enlazadas?
  8. ¿Cuántos blogs sigues de manera regular?
  9. Cuando dejas comentario en un blog, ¿sueles leer los comentarios de los demás lectores?
  10. ¿Recuerdas cómo llegaste por primera vez a Juguetes del viento?
Muchas gracias.



casa de Mark Twain



lunes, 19 de diciembre de 2016

Que hablen ellos (como es tradición)



Parece que al llegar los últimos días del año, que son como una frontera del tiempo, nos entran ganas, de forma natural, de poner alguna señal en esa frontera. Algo que sea como una banderita que clavásemos en el mapa de los días.
Y para marcar ese paso de un año al otro, ese paso que por alguna razón no nos deja indiferentes del todo, en este blog tenemos la costumbre de pedir a unos amigos que nos dejen unas palabras especiales; unas palabras de esas que ellos usan tan bien y que siempre nos dan motivo para meditar.

En esta ocasión John Fante, Stefan Zweig, Sándor Márai y Robert Louis Stevenson se han puesto de acuerdo para traernos unas reflexiones sobre las palabras precisamente. 
Todos se refieren a su importancia, al papel fundamental que tienen en la vida y las relaciones humanas, aunque Stevenson más bien parece que no se fía mucho de ellas. Pero eso es lo más interesante, porque cuantas más caras tenga un diamante, más reflejos emite y más brillante es su resplandor.

El primer destello es de John Fante, que nos habla de cómo las palabras, unas palabras determinadas encontradas en un libro determinado, pueden cambiar a una persona. Yo lo creo absolutamente, yo sé que eso ocurre y que el cambio siempre es para bien:


Tenía el libro en las manos,  y temblaba mientras me hablaba del hombre y del mundo, del amor y de la sabiduría, del dolor y la culpa, y supe que yo ya no podría ser el de antes.

-John Fante. La hermandad de la uva-


Y parece que Stefan Zweig está de acuerdo; la palabras pueden causar una conmoción en nuestro ánimo, tal es su fuerza cuando proceden de lo más hondo de una persona:


Hay estremecimientos súbitos […] ciertas palabras que son del todo verdad sólo una vez, en la intimidad, brotando de un tumulto inesperado de los sentimientos.

-Stefan Zweig. La confusión de los sentimientos-


Y cuando las palabras son así, tan verdaderas porque expresan la pura esencia de quien las dice, parece que son algo más que palabras:


Y hay noches en que las palabras no suenan a falsedad, como si no fuésemos nosotros, los protagonistas de la noche, quienes las pronunciáramos, sino la noche misma.

-Sándor Márai. La gaviota-


Quizá por eso puede parecer, y quizá así sea, que las palabras, a veces, tienen autonomía; que no somos nosotros quienes las usamos cuando las necesitamos, sino que ellas vienen a nuestro encuentro cuando es el momento oportuno, y nos alumbran el camino:


Las palabras se encadenan, se ajustan unas a otras, no hay que perder el tiempo  amoldándolas; seguramente hacía tiempo que se preparaban para un gran  momento, y cuando aparecieran, como las imágenes de un sueño, surgirían de pronto y cobrarían sentido, convertidas en imágenes y frases […] El significado de las palabras no es sólo lo que significan, sino el ámbito que iluminan. Uno se pone en marcha en la oscuridad iluminada por unas pocas palabras.

-Sándor Márai. La extraña-


Y ahora llega Stevenson y nos dice que él no se fía tanto de las palabras, porque a veces se mezclan como no deberían, o porque el cerebro las elabora y les hace perder su espontaneidad:


Pero la mirada o el gesto explican las cosas en un instante, comunican el mensaje sin ambigüedad. A diferencia del lenguaje, los gestos no tropiezan por el camino con un reproche o una alusión que apartarían a tu amigo de la verdad; y además tienen una autoridad superior, pues son la expresión directa del corazón, que no ha sido transmitida mediante el cerebro infiel y sofisticado.

-Robert Louis Stevenson. La verdad de la conversación-

  
Palabras. Nuestro mundo humano está hecho de palabras. Nada existiría sin las palabras.
Y gracias a las palabras, ustedes y yo nos encontramos aquí, en este otro mundo en el que no hay gestos ni miradas, pero sí todo lo demás: significado, verdad, sabiduría, sentimiento…
Por eso quiero darles las gracias a todos ustedes por su gratísima compañía durante este año, y desearles mucha felicidad para el próximo. 
Espero que sigan acompañándome en este mundo de las palabras.


Morgan Library, New York




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Las tentaciones de Candi

Cuento


Candi llegó al escaparate de la confitería en el momento en que el pastelero colocaba una bandeja de merengues gratinados. El hombre le sonrió, al tiempo que le hacía gestos para que entrara. Pero Candi, desde la calle, rechazó la invitación.

Era un suplicio que esa pastelería estuviese tan cerca de su trabajo. Le resultaba imposible pasar sin ver las tartas de chocolate, los bollitos de nata, los bizcochos de licor… Y a ella le daba la impresión de que engordaba con sólo mirarlos.

Muchas veces había entrado en la pastelería celestial, y había comprado bombones y dulces de muchas clases. E incluso en algunas ocasiones el pastelero le había regalado unas pastas inglesas o unos pastelitos de gloria, o cualquier otra golosina- Quizá en agradecimiento a su fidelidad, quizá para mantenerla.

Pero llegó un momento en que a Candi aquella lujuria confitera empezó a parecerle pecado. Tenía que dejarlo o se condenaría a las penas de la báscula.
Sin embargo, no iba a ser fácil. El camino del infierno está empedrado de almendrados y crocantis, y las caídas son continuas. Más aún si alguien con gorrito blanco y sonrisa almibarada va poniendo la zancadilla.

Un día, cuando Candi ya había decidido no volver a entrar en la pastelería, e incluso miraba para otro lado cuando pasaba por delante, oyó una dulce voz que le decía:
-Señorita, ¿ya no me quiere usted?
-¿Cómo? –preguntó la joven con un respingo.
-Ya no entra usted nunca  -dijo el pastelero desde la puerta, con embaucadora aflicción.
-Bueno… -titubeó Candi-, ya vendré un día de estos. Tengo prisa.
Y acelerando el paso se alejó de la pastelería como quien huye de las tentaciones de Satanás.

Pero como no tenía más remedio que pasar por allí, pocos días después volvió a tropezar con el meloso repostero. Parecía estar esperándola, apoyado en la entrada de la tienda, con su gorrito y su sonrisa, los brazos cruzados sobre el delantal y el aire ufano de quien sabe que tiene las de ganar. Y le dijo:
-Pase usted, mujer, y verá qué rollitos de canela tenemos hoy. Y unas tartaletas de fruta… Le regalaré una, para que las pruebe.
Y la pobre Candi, temblorosa como un flan de huevo, respondió:
-No, no, gracias, otro día  -y pasó de largo.
El confitero la siguió con la mirada. Y mientras la miraba, sonreía.

Habían pasado varias semanas desde el día en que Candi decidió no volver a comer dulces, y empezaba a sentir que se merecía una pequeña satisfacción para compensar tanto esfuerzo. Pero ¿y si por un momentáneo placer echaba por tierra todo ese esfuerzo y volvía a caer en el abismo de la dulce gula?

Una vez más tuvo que pasar por delante de la confitería. Y una vez más estaba el pastelero en la puerta.
-¿Y hoy? –le dijo-. ¿Tampoco va a entrar usted hoy?
Y al ver la actitud dudosa de Candi, insistió:
-Total, por un pastelito pequeño no va a pasar nada. ¿Quizá una bolita de coco? ¿O un hojaldre ligerito?

Y Candi, mordiéndose el labio y mirando al confitero como pidiéndole clemencia, hizo ademán de poner un pie en el escalón de la pastelería.


Confitaira Nacional.  Praça da Figueira, Lisboa.