jueves, 25 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

(segunda parte y final)


A la hora de costumbre empezaron a llegar los amigos de Talbot. Cuando estuvieron todos reunidos y después de intercambiar breves impresiones sobre diversos temas, Scott, el jefe de la policía, que tenía un aire entre altivo y sosegado muy adecuado para su puesto, dijo:
-Talbot, amigo mío, no hace falta ser policía, y mucho menos jefe de nada, para darse cuenta de que algo le preocupa. Espero que no haya sufrido ningún contratiempo serio.
­-Es cierto, señores, que estoy preocupado. Y bastante perplejo. He perdido, no sé cómo ni dónde ni cuándo, mi ejemplar de Las metamorfosis.
Y a continuación Talbot puso a sus amigos al tanto del percance.
        
El asunto era tan peculiar, y el libro tan valioso, que todos aportaron ideas, teorías y posibilidades sobre lo que podría haber ocurrido. E incluso hicieron una solidaria y afanosa búsqueda por todo el estudio. Dibujaban un escena muy pintoresca aquellos cinco hombres, ora agachados, ora arrodillados, metiendo la cabeza debajo de los sillones y detrás de los muebles; levantando cortinas y almohadones; mirando al techo en busca de inspiración y al suelo en busca del libro.
Pero fue inútil. El precioso ejemplar de Ovidio no apareció.

Al día siguiente Talbot ordenó al servicio buscar por toda la casa, incluso en los lugares más absurdos, como la alacena y el lavadero. Mientras tanto, él mismo y el jardinero recorrieron los parterres, removieron la hojarasca y miraron en cada seto, en cada macizo de flores y en cada alcorque. Pero de nuevo la búsqueda no dio ningún resultado: el libro parecía haberse evaporado como el aroma de un perfume barato.
Con gran pesar de su corazón, Talbot se rindió y dio el libro por perdido. Se dio todas las explicaciones que se le ocurrieron, incluso que el gato que rondaba siempre por el jardín, y que nadie sabía de dónde procedía, se había llevado el libro por algún motivo animal, con lo que ahora esa joya de la literatura y de la imprenta yacería en algún inmundo agujero, con consecuencias que prefería no imaginar. Y así, resignado a quedarse sin el libro y sin explicación, Talbot dejó de buscar, aunque su corazón nunca perdió la esperanza de que su Ovidio apareciera algún día, de  manera tan inusitada como desapareció.

Transcurrió el tiempo, y un día, al cabo de un año, tuvo lugar en el jardín un prodigio que maravilló a Talbot y que llevó a Pedro, el veterano jardinero, al borde de las lágrimas de emoción. Por su parte, Casilda, sin apreciar lo portentoso del fenómeno, sólo exclamó con naturalidad: "¡Ay, qué bonito, señor!"

Cuando por la tarde llegaron sus amigos, Talbot, muy conmovido, les dijo:
-Caballeros, vengan conmigo al jardín y sean testigos de algo que sólo podrán creer si lo ven. Y aun así, les resultará difícil.
Salieron los señores al jardín y Talbot los condujo hasta el manzano injertado. En seguida vieron que el árbol había dado frutos por primera vez después del experimento, y que a consecuencia de ello estaba lleno de manzanas de distintas variedades: rojas, verdes y amarillas; dulces y ácidas…, tal y como Talbot había esperado. Pero además había otras manzanas de una clase desconocida: unas manzanas azules con reflejos dorados.
Para asombrar más aún a sus atónitos amigos, de una rama baja Talbot cogió una de esas manzanas, y con una pequeña navaja la partió y mostró las dos mitades.
En el primer momento, los hombres hicieron un gesto de rechazo ante lo que Talbot les mostraba.
–No, no, fíjense bien, caballeros, no es lo que parece.
Y, en efecto, no era lo que parecía.  La carne de la manzana, de color pajizo como el pergamino, estaba marcada por líneas oscuras que, a simple vista, parecían la señal de la descomposición o los sutiles senderos que trazan  los insectos cuando devoran. Pero al mirar con más atención, los amigos de Talbot apreciaron, deslumbrados e incrédulos, que aquellos rastros  no se debían a nada tan  vil, sino que eran en realidad producto de algo superior, de algún proceso incomprensible y excelso.
Porque lo que veían en la manzana eran palabras impresas, palabras en latin que formaban versos, versos tal y como los que escribió Ovidio para narrar  las mágicas metamorfosis de los dioses.




La sabiduría del universo ( Christi Belcourt, 2014)

sábado, 20 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

Cuento (primera parte)


El señor Talbot era un hombre de hábitos muy arraigados. Después de pasar dos o tres días en su casa, cualquiera sería capaz de predecir sus acciones según la hora que fuese.
Por las mañanas, después de desayunar, despachaba con su secretario los asuntos del día, y a continuación salía un rato al jardín. Últimamente estaba muy entusiasmado con un manzano que había mandado injertar. Le parecía muy emocionante poder modificar el árbol para que diese distintas variedades de manzanas. Pero aparte de este novedoso capricho botánico, su costumbre era  leer sentado en uno de los bancos,  pasear por los senderitos, contemplar las pérgolas y el estanque, y solazarse con el trinar de los pájaros que habían establecido su residencia en tan placentero vergel.

Volvía  a entrar en la casa a la hora de almorzar, y después de la comida se sentaba ante la chimenea de su estudio, con una pipa y una copa de licor.  Mientras fumaba y bebía se dedicaba a contemplar con deleite su maravillosa colección de cuadros, o a estudiar los catálogos de las subastas del mes en curso, o a leer otro rato, y así hacía tiempo hasta la hora en que llegaban sus amigos para su habitual tertulia vespertina.

Efectivamente, Talbot era por completo predecible, y le gustaba que las cosas sucedieran tal y como él las tenía previstas.

Detestaba lo inesperado, lo que rompiese la rutina, lo que lo obligase a improvisar. Por eso aquel día del que vamos a dar cuenta a continuación, Talbot lo pasó nervioso y alterado como los pececillos de su estanque cuando se acercaba el gato.

Resultó que después de comer fue al estudio, se preparó la copa de licor y la pipa y, antes de sentarse en su sillón, delante de la chimenea, fue a coger el libro que por la mañana había llevado consigo al jardín. Se dirigió sin pensarlo al aparador, el que estaba debajo de aquel magnífico y sorprendente cuadro de Spiers. Allí, encima del aparador, era donde dejaba siempre el libro que tenía entre manos en cada momento. Sin embargo, en esta ocasión, el libro no estaba allí. 

Un poco desconcertado miró a su alrededor por ver si, inexplicablemente, lo había dejado en la mesa, encima de alguna silla, en la repisa de la chimenea. Aunque eso no hubiera sido propio de él, estaba dentro de lo posible. Pero no, el libro no estaba en el estudio. Pensó entonces que quizá lo llevó hasta el comedor cuando entró del jardín para almorzar. O, tal vez, supuso con temor, se había quedado en el jardín. Talbot se estremeció ante la posibilidad de haber dejado a la intemperie, encima del banco, debajo del manzano, su ejemplar de Las metamorfosis de Ovidio. Su precioso ejemplar de tapas azules, letras doradas y filigrana floral. Su valiosa edición de 1775, impresa en Londres por  Paddington-Collier.

Presa de un nerviosismo impropio de un hombre de mundo como él, se sintió incapaz de correr al jardín para rescatar el libro lo antes posible, si es que en verdad estaba allí. Porque la posibilidad de encontrar el libro marcado por el impacto de una manzana, por muy newtoniana que pudiera resultar la imagen, lo llenaba de terror. E imaginar la delicada encuadernación manchada con los innobles desechos de algún pájaro, lo paralizaba de espanto.
Pudo sin embargo reaccionar lo suficiente como para tirar del cordón que hacía sonar una campanilla en la cocina, y al poco apareció Casilda, la asustadiza y tarda doncella que, aunque hacendosa y limpia como nadie, no era precisamente una persona adecuada para la resolución de problemas de ingenio.
–Casilda, dígame –empezó Talbot con fingida paciencia–, ¿ha visto usted por casualidad un libro de tapas azules en el comedor?
–No, señor,  yo no he visto ningún libro.
–¿Está segura, Casilda? Es posible que yo lo haya dejado olvidado encima de la mesa durante el almuerzo.
–Si hay un libro en la mesa, yo me doy cuenta, señor. Porque en la mesa no se ponen libros.
–Claro, claro, Casilda, así debe ser. Pero, ya le digo, es posible que yo, no usted ni nadie del servicio, yo, me lo haya dejado allí olvidado.
–¿Y dice usted que es un libro azul?
–Eso es, un libro azul y con letras doradas.
–No, estoy segura de que no había ningún libro azul, señor. Ni de otro color tampoco.
Talbot respiró hondo, como hacía siempre que hablaba con Casilda, y aceptando que la despistada muchacha no se equivocara, le dijo:
–Bien, Casilda, muchas gracias, y hágame el favor de decirle al jardinero que venga.
–¿A Pedro, señor?
–Sí, a Pedro, el jardinero. Gracias.

Después de hablar con el jardinero, que había estado revisando los injertos del manzano hasta ese momento y no había visto tampoco ningún libro, Talbot se sintió aliviado, pero mucho más perplejo que antes por la misteriosa desaparición.

(Continuará)
(Aquí, un misterio anterior en casa del señor Talbot)

jueves, 11 de febrero de 2016

Palabras de alto copete



Hay palabras para todos los gustos y de todas las clases: bonitas, feas, sonoras, planas, graciosas, sosas… Y hay también palabras humildes y palabras aristocráticas. Palabras modestas, sin pretensiones, palabras de diario, como casa, lápiz, móvil, lechuga… y palabras de postín, de esas que sólo están al alcance de eruditos y sabiondos. 
Cuando nos encontramos con ellas nos preguntamos de dónde habrán salido, dónde habrán estado todo el tiempo, y, en casos muy graves de adicción léxico-semántica, cómo hemos podido ser felices hasta ese momento sin tener conocimiento de ellas.

Últimamente han llegado a mis ojos algunas de esas palabras postineras, de las cuales tres me han causado especial impacto.
Se trata de icástico,  polímata y concinidad, ante cuya sonoridad y contundencia no pude quedarme indiferente.

Icástico significa “natural, sin disfraz ni adorno”, y se refiere a la representación o imitación de la realidad tal como es.  La imitación icástica (por ejemplo, el arte realista) es por lo tanto opuesta a la imitación fantástica. 
El lenguaje también tiene una función icástica, o mimética: las palabras representan o evocan los referentes, es decir, los objetos o conceptos a los que designan. Por eso mismo, y por ejemplo, una traducción ha de ser icástica respecto al texto original. 


Una imagen icástica
de Galileo
Polímata es una persona con grandes conocimientos en diversas materias científicas o humanísticas.  
Grandes polímatas de todos los tiempos son, por ejemplo,  Leonardo, Galileo, Aristóteles, Karl Marx, Einstein  y Umberto Eco.

Concinidad significa armonía, elegancia, belleza de estilo, el equilibrio que se consigue con la simetría y el paralelismo de elementos.
Es un concepto que se aplica  a la escritura, a la retórica y a la arquitectura.

Es interesante, claro está,  conocer los significados de las palabras que se cruzan en nuestro camino, aunque quizá no las vayamos a utilizar mucho; pero también es muy interesante saber de dónde salen estas palabras, de dónde vienen. 
A mí me parecen tan misteriosas, tan bien elaboradas y tan intrigantes, que quiero saber algo más de ellas, desvelar algunos de sus secretos, porque al conocer su porqué y su cómo aprecio aún más su belleza y su interés. 

Y, en efecto, me ha gustado mucho saber que icástico deriva del griego eikastikós, que significa “relativo a la representación de los objetos”;  que polímata viene del latín polymathes (“que sabe mucho”) y que este término  a su vez deriva de las formas griegas poly -mucho- y mathema -conocimiento-. Y también  que concinidad  proviene del latin concinnitas, (estilo elegante, bello), que deriva a su vez de concinnus (inteligente, elegante, ordenado, limpio, hermoso, placentero).

Y que cuando el término concinidad se aplica a un texto hace referencia a la belleza del estilo, a la hábil conexión de las palabras y las frases, y al buen orden y disposición del discurso.

Como la cuestión de la escritura me interesa especialmente, esta palabra me importa mucho. Y el conocerla me ha llevado a pensar, una vez más,  en los secretos de la escritura, en los misterios que hacen que un texto nos produzca deleite o no, independientemente de aquello de lo que hable; o que dos textos nos causen impresiones diferentes aunque hablen de lo mismo.
Y una vez más llego a la conclusión de que la forma importa; de que no sólo nos gusta un texto por lo que dice, sino también por la forma en que lo dice.

Y me llama la atención, pero no me sorprende, que toda esta idea de la concinidad, de lo que hace que un texto nos resulte deleitoso, derive, en primera instancia, de cinnus, que significa cómodo, agradable
Y es que leer un texto primoroso es como recostarse en un diván de mullidas y cálidas palabras.


Reading a story (Thomas Sully, 1783-1872)