miércoles, 30 de septiembre de 2015

Literalmente hablando


Quizás recuerden ustedes que en una ocasión hablamos aquí de esas frases hechas cuyo sentido figurado comprendemos pero que contienen palabras cuyo significado literal no siempre conocemos. En aquella ocasión nos referimos al brete y la patena.
 
Últimamente, en pocos días, he encontrado, en diversos textos, varias de esas expresiones que contienen palabras que rara vez se usan de manera independiente y en cuyo significado preciso no solemos reparar.
Una de esas frases es dechado de virtudes.
Cuando era pequeña escuché una vez esta expresión, supongo que en una película o quizá en una conversación algo cómica. Y aunque no sabía qué significaba exactamente, entendí que era algo que se decía para alabar a alguien.
Tiempo después, al volver a oír la misma expresión, di por sentado que dechado debía de significar “abundancia”, y con esa idea me quedé.  
Más adelante vi, en un cuaderno de labores de mi madre, la imagen de un alfabeto bordado y un rótulo que decía Dechado. Sorprendida, me pregunté qué tendría que ver la abundancia de virtudes con un alfabeto de punto de cruz, y mientras me lo preguntaba iba rauda en busca de un diccionario.
Y resultó que dechado no significa abundancia ni montón ni nada de eso que yo creía, sino “ejemplar, muestra que se tiene presente para imitar".
Así pues, cuando decimos que una persona es un dechado de virtudes estamos diciendo que es un muestrario modélico de las mismas.
Aunque, siguiendo las acepciones que señala la RAE, he sabido ahora que se puede ser un dechado no sólo de virtudes y perfecciones, sino también de vicios y maldades…
 
Otra expresión que siempre me ha resultado curiosa y con la que he tropezado en estos días, es en ciernes.
Cuando decimos que algo o alguien está en ciernes entendemos que está empezando, en sus inicios. Por ejemplo, “Fulanito es un escritor en ciernes”, “un artista en ciernes”, etc. Pero ¿qué significa literalmente ciernes?
 
Curiosamente, la cosa tiene que ver con la vid y con los cereales, porque la cierna es la parte de la flor que contiene el polen, y la cierne es “el fruto en formación”.
Por eso se dice que el fruto en flor, en el estado “anterior a la madurez”, está en ciernes. Y así, inmaduro, en ciernes, es como está el que es novato en alguna actividad.
Sin duda por esto mismo coloquialmente diríamos que está “muy verde”.
Ya saben ustedes que en esto de las palabras una cosa lleva a otra, sin remedio, así que, una vez sabido lo que significa ciernes, me pregunté si éste término tendría algo que ver con el verbo cerner, es decir, pasar por un cedazo o tamiz una materia en polvo, para que lo más grueso se quede en la malla y lo más fino caiga.
Pero, para ser sincera, tuve que empezar por asegurarme de si la forma correcta del verbo es cerner o cernir. Y, por suerte para mí, habría acertado de las dos formas.
Hombres trabajando con un cerniculum
Aclarado este enojoso punto, prosigo mi investigación y descubro que  sí, que cerner o cernir proviene del latín cernere, que significa ‘separar’, ‘distinguir’, y que del mismo modo  en que el cedazo deja caer el polvo más fino, las plantas en ciernes dejan caer ese  fino polvo que es el polen. Y por eso la cierne se llama cierne.
Recapitulando,  la cierna (la parte de la flor que contiene el polen), la cierne (fruto en formación),  y el verbo cerner (dejar caer el polen u otro polvo fino) provienen todas del latín cernere.

Entonces se me vino a la cabeza el verbo discenir, y me asaltó, claro, la duda de si este verbo tendría también algo que ver con cernir. Y resulta que sí, que discernir deriva también de cernere porque tiene el sentido de “separar o distinguir ” ideas.
Pero todavía me quedaba algo más por discernir, porque entonces quise saber si cuando decimos que algo se cierne sobre algo, en sentido de amenaza, estamos hablando también de cerner, de cernir, del polen, del artista en ciernes o del cernícalo.
Y resulta que esto, que parece una broma, no lo es. Porque cernícalo  deriva de cerniculum. Y cerniculum significa, sí, cedazo. Ya se ve que seguimos dando vueltas sobre lo mismo. Pero ¿por qué al cernícalo lo llamaron como al cedazo? Pues porque cuando este ave busca una presa desde el aire se balancea como se balancea el cerniculum para cerner.
A esa forma de mantenerse en el aire antes de lanzarse sobre la presa se le llama cernirse, por eso decimos que un peligro, un problema, se cierne sobre alguien, porque es como el cernícalo que acecha, que  se cierne (se balancea) sobre su presa.
 
 A veces resulta muy sorprendente cómo están emparentadas unas palabras con otras,  cómo unas dan origen a otras y unas nos llevan a otras. Y cómo tirando de un hilo cual Teseo en el laberinto del diccionario, podemos encontrar salidas sorprendentes.
 

 



jueves, 17 de septiembre de 2015

Emociones anónimas

 
Las palabras son algo tan cotidiano, tan nuestro, que no siempre somos conscientes  de lo que verdaderamente son. Están ahí, a nuestra disposición, y las utilizamos como el aire que respiramos, sin pararnos a pensar en que son imprescindibles para la vida. Para nuestra vida personal.
Las palabras nos permiten hablar de las cosas, y cuando las cosas tienen un nombre, cuando podemos encerrar un concepto en una palabra, como un genio en una lámpara mágica, nos parece que tenemos cierto dominio de la cosa en sí.
Por eso cuando se trata de ideas, emociones o sensaciones es cuando más necesitamos las palabras, y sobre todo si son emociones que nos aquejan el estado de ánimo.
Hablar de esas sensaciones y  compartirlas es beneficioso, pero además, si esa aflicción tiene un nombre específico nos parecerá menos amenazadora: en primer lugar porque si tiene un nombre es porque otros la han experimentado también, lo cual es un alivio. Y en segundo lugar porque si se le ha puesto un nombre es porque esa emoción ha sido analizada, diseccionada y se han descubierto algunos de sus secretos. Y así se vuelve menos misteriosa, menos confusa.
Un simple nombre nos da tranquilidad. Tal es el poder de las palabras.
  
El mundo intangible de nuestras emociones parece ser tan vasto como el universo físico en el que habitamos. Tan grande y tan complejo que hay muchas, muchísimas de esas emociones y sensaciones que aún no tienen nombre, y con frecuencia ni siquiera sabemos definirlas, tan complicadas e intrincadas son.
Y pensando precisamente que hacía falta “dar un  nombre a emociones que todos podemos experimentar y para las que no tenemos palabras”, el diseñador gráfico John Koenig creó hace unos años un blog-diccionario, llamado The Dictionary of Obscure Sorrows

Las palabras de este diccionario de aflicciones indescifrables son creaciones propias de Koenig, que las diseña combinando palabras y prefijos de diversos idiomas, especialmente del griego.
Así ha creado, por ejemplo, la palabra  kairosclerosis, para denominar “el momento en que te das cuenta de que eres feliz y tratas de saborear la sensación”.
Koenig ha creado esta palabra a partir del  griego kairos, "el momento oportuno” y sclerosis, “endurecimiento, consolidación”.

O zenosyne, que es la sensación de que el tiempo pasa siempre muy rápido.
Esta palabra  deriva del  griego zeno (en referencia a Zenón de Elea y sus paradojas sobre el tiempo, el espacio y el movimiento) y mnemosyne (la personificación de la memoria en la mitología griega).

El diccionario de Koening contiene palabras que a mí me resultan muy poéticas, como poéticos son los conceptos que encierran. Por ejemplo:

vellichor: la extraña melancolía que producen las librerías de segunda mano.

opia: la ambigua intensidad que se produce al mirar a alguien a los ojos.

dès vu: la conciencia de que algo se convertirá en un recuerdo.

kenopsia: la sobrecogedora atmósfera de un lugar que normalmente está lleno de gente,  en el momento en que está vacío y en silencio.


Hay también definiciones muy complejas, como la de gnossienne que  denomina “el momento en que nos damos cuenta de que alguien a quien conoces desde hace años tiene una vida interior que desconoces, y de que en los rincones de su personalidad hay una puerta cerrada desde dentro, una escalera que lleva a un ala de la casa que nunca has explorado del todo, un ático que permanecerá ignoto para ti.”
 
O la de chrysalism, que es "la amniótica tranquilidad de estar bajo techo durante una tormenta, escuchando las rachas de lluvia golpeando el tejado, como una discusión en el piso de arriba, cuyas palabras amortiguadas resultan ininteligibles pero cuya liberación de tensión acumulada entiendes perfectamente."

Y hay otras que se refieren a sensaciones que es fácil que experimentemos cada día, como:

moledro: la sensación de conexión con un escritor o artista al que no conoces, que puede haber vivido hace siglos y a miles de kilómetros de distancia.  

sonder: la conciencia de que cualquier persona que pasa por nuestro lado tiene una vida tan real y compleja como la nuestra.

liberosis: el deseo de preocuparse menos por las cosas.


En el diccionario de Koenig yo personalmente he encontrado una cuantas palabras que me parecen muy útiles y prácticas. Pero no sé  si en él encontraré  las palabras correspondientes a ciertas sensaciones para las que sigo necesitando un nombre. 
Una de esas sensaciones es la impresión de que podríamos “rebobinar” el tiempo unos segundos, para evitar un gesto que acabamos de hacer, una palabra que acabamos de pronunciar; la sensación de que eso de lo que nos arrepentimos al instante lleva tan poco tiempo en el mundo que no ha podido consolidarse y por eso tendría que ser fácil eliminarlo; que con un pequeño esfuerzo podríamos empujar el tiempo hacia atrás y repetir el instante de otra manera.
¿Cómo se llama esa sensación?
Y ustedes, ¿necesitan un nombre para alguna sensación en particular?


 

 
 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Lo malo de leer


Muchas veces hemos hablado en este blog de cómo alrededor de la literatura se producen ciertas coincidencias sorprendentes.
Por ejemplo, hace algún tiempo comentábamos  aquí que varios autores parecían haberse puesto de acuerdo para recomendarme una obra determinada.
Y aquí les conté en qué derivó la cosa...
 
En estos días me ha vuelto a ocurrir algo parecido, aunque en este caso la coincidencia se refiere a una idea,  a una reflexión que me ha hecho pararme a pensar sobre algo que, creía yo, no daba pie a la menor controversia.
Resulta que una de estas noches de verano, leyendo unos amenos ensayos de Schopenhauer* me encontré con la afirmación de que la lectura continua impide los pensamientos propios, ya que nos llenamos el cerebro con ideas ajenas, y por lo tanto quien lee mucho va perdiendo poco a poco la capacidad de pensar por sí mismo. 

La idea de que leer mucho pueda ser algo negativo me sorprendió y me desconcertó bastante. Pero como Schopenhauer me parece un poco cascarrabias, pensé que exageraba y que cuando elaboró esa idea debía de estar de mal humor, así que no le presté mucha atención.
Sin embargo, dos o tres días después, en un ensayo de Robert Louis Stevenson** leí lo siguiente:

"Y si un hombre lee con mucha dedicación [...] le queda poco tiempo para pensar."
 
Esta singular coincidencia me llamó la atención también, quizás más que la teoría en sí. 
Y como Stevenson me parece igual de listo que Schopenhauer pero mucho más simpático, le hice más caso que al filósofo alemán. Pero sobre todo pensé que si dos sabios de tan diferente estilo y talante coincidían en una idea tan concreta y peculiar, algo de verdad inherente debía de haber en ella.
 
Ahora esa idea ya no me resulta tan desconcertante, pues entiendo que si alguien lee y lee y sólo lee, sin pararse a meditar sobre lo leído, sólo acumulará las ideas que otros tuvieron antes, pero no elaborará pensamientos propios.

En el siglo XIX, a diferencia de hoy día, el único medio de información era la lectura de libros y periódicos, pero la cuestión, tal y como la plantean Schopenhauer y Stevenson es en esencia la misma que nos atribula en el siglo XXI: llenarnos el cerebro con una vorágine de información, sin darnos tiempo a calibrarla, nos satura  y nos hace imposible reflexionar sobre tantos asuntos y formarnos una opinión meditada sobre ellos. Y así es muy posible que acabemos adoptando como propias las ideas y opiniones de otros.
 
Supongo que leer con provecho  consiste en asimilar la información y las ideas, haciendo nuestro lo que leemos. Pero no como el niño que aprende una lección de memoria ni como quien acata una orden incuestionable, sino procesando esas ideas, pasándolas por el tamiz de nuestra experiencia, de nuestra forma propia de entender las cosas;  comparando lo que otros pensaron con lo que de manera natural e intuitiva pensamos nosotros sobre el asunto de que se trate;  cotejando las ideas propias con las ajenas y extrayendo una conclusión elaborada. 
De ese modo, esa lectura reposada nos proporcionará nuevos puntos de vista y nuevas ideas, y ampliará y mejorará nuestras concepciones previas. Todo lo contrario de ese anquilosamiento mental producido por la lectura meramente acumulativa, a la que se refieren nuestros ilustres pensadores.

Pero, aparte de todo esto, y aunque no dudemos de la futilidad de leer sin cavilar, ¿no es verdad que a veces leemos precisamente para no pensar?
Muchas veces recurrimos a la lectura de un libro, y no necesariamente de un libro ligero, para olvidar por un rato  nuestros propios pensamientos. Y así, al igual que quien se quita los zapatos y se pone unas pantuflas, así, arrullado por pensamientos ajenos, nuestro cerebro se pone cómodo y descansa.
Qué sosiego.





* Arthur Schopenhauer. Sobre los libros, el lenguaje y la escritura. (El Barquero, 2015). Traducciones de Edmundo González
Blanco y Esteve Serra.
** Robert Louis Stevenson. Memoria para el olvido (Siruela, 2005). Traducción de Ismael Attrache.