viernes, 27 de marzo de 2015

Hagan juego


Nuestro amigo Lan nos proponía hace unas semanas un interesante  juego literario que quiero presentarles con la idea y el deseo de que los lectores de este blog se animen a participar.
 
El juego o experimento consiste en que ustedes reescriban un breve texto, que yo les propondré a continuación, siguiendo unas sencillas pautas. Lo fundamental es que la historia sea la misma pero narrada de forma diferente. Para ello habrá que evitar en lo posible repetir frases y palabras del original, utilizando a su elección sinónimos, equivalencias, perífrasis, paráfrasis, circunloquios, y toda clase de recursos lingüísticos -incluido el lipograma si a alguien le place- que sirvan para nuestro propósito.
También es importante que la longitud de las versiones que ustedes escriban sea similar a la del texto del que partimos. Éste tiene 69 palabras, por lo  que sus versiones podrán tener entre 65 y 75 palabras.
 
Quienes deseen participar deberán enviarme a mi correo electrónico sus versiones, indicando  si desean que su texto sea identificado con su nombre o prefieren que aparezca bien como anónimo o bien con el seudónimo que el interesado elija. Y el plazo para ello es de doce días, es decir, desde mañana  28 de marzo hasta el miércoles 8 de abril.
 
Después publicaré una nueva entrada en la que figurarán los textos escritos por ustedes para que todos podamos leerlos todos, disfrutarlos y comentarlos, lo cual, sin duda, nos proporcionará grandes momentos de deleite y regocijo.
El objetivo de este juego-experimento no es otro que divertirnos un rato jugando con las palabras y disfrutando con sus posibilidades; comprobar cómo una misma cosa se puede expresar de muy diversas maneras, y constatar cuán dúctil, flexible y  adaptable es el lenguaje, de cuyas propiedades no siempre sacamos partido suficiente.

Sin más, este es el texto que les propongo para ser reescrito, reinterpretado, versionado o adaptado; transmutado, refundido o parafraseado:
 
“Durante todo el camino el perrito fue haciendo cabriolas, con la lengua fuera, intentando alcanzar la bolsa que el hombre levantaba y apartaba, entre risas y regañinas.
Al llegar a casa el hombre dejó los libros sobre una mesa y fue a la cocina. Mientras, el perrito se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mirando hacia arriba,  como si estuviera ideando  alguna estrategia para alcanzar los libros.”
(Cuento completo aquí)
 
Espero sus colaboraciones. ¡Muchas gracias!

 
 
 
 
 

lunes, 16 de marzo de 2015

La expansión de Bruno

(Cuento)

Los dos días más importantes en la vida de una persona
son el día en que nace y el día en que descubre por qué.
(Mark Twain)

 
Se podría decir, y de hecho se dice, que  Bruno nació dos veces. La primera, cuando su madre lo trajo al mundo, que es la manera más habitual de nacer; y la segunda, años después, cuando supo qué hacía aquí.
Bruno era el segundo de tres hermanos y su vida quedó marcada por esa posición intermedia. Fue un estudiante mediocre, era de mediana estatura y solo se interesaba a medias por las cosas. No tenía amigos íntimos y nadie tenía mal concepto de él. No tenía pasiones ni rechazaba nada por completo.
Quizás esa indefinición, ese falta de inclinación hacia nada, fue lo que lo llevó a  tomar una decisión que, por drástica, no parecía adecuada a su forma de ser. Pero todo el mundo actúa alguna vez de manera imprevisible y Bruno, claro está, no iba a ser diferente.
Cuando terminó el instituto y sus compañeros se decidieron por la universidad o por el mundo laboral, Bruno, incapaz de preferir ni lo uno ni lo otro, decidió quedarse en casa.
 
Sus padres pensaron que necesitaba un tiempo para reflexionar, para aclararse las ideas. “Está en una edad muy delicada”, se decían sin convencimiento.
Pasaron semanas y meses y, cuando quisieron darse cuenta, Bruno llevaba un año sin salir de casa y casi sin salir de su habitación.
Su madre le decía:
-Bruno, hijo mío, ¿no te gustaría…?
Y sin dejarla terminar, Bruno contestaba:
-No, no me gustaría.
Entonces lo intentaba su padre:
-Bruno, muchacho, ¿no te parece…?
-No, no me parece –respondía Bruno, que cada vez se volvía más huraño.
Convertido en un recluso voluntario, Bruno apenas comía, casi no se duchaba y, si así lo hubiese querido, hubiera podido trenzarse la barba, como un guerrero vikingo.
Pasaba los días, y las noches también, ante el ordenador, jugando a juegos de estrategia y visitando páginas donde otros jugadores intercambiaban impresiones y trucos para mejorar el rendimiento de sus virtuales ejércitos.
 
Un día quiso el azar que uno de esos jugadores, que se hacía llamar Rebel –la originalidad no es siempre necesaria–, y al que Bruno imaginaba como otro vikingo desgreñado y hosco, revelara su identidad femenina. Esto le causó a Bruno una pequeña conmoción, y estuvo a punto de abandonar el sitio y no volver. Pero se dio la circunstancia de que Rebel conquistó su curiosidad primero y su corazón después, y al cabo de unos días empezaron a intercambiar mensajes privados.  
Si la madre de Bruno hubiera sabido que su hijo había encontrado un alma gemela, se habría ilusionado y se habría echado a soñar. Pero en realidad fue mejor que no lo supiera y no se hiciera ilusiones. Y es que sí, su hijo y Rebel eran almas gemelas: ninguno de los dos tenía la menor intención de abandonar su encierro ni el más leve interés por conocerse en persona. Tal para cual.
 
Algún tiempo después, cuando ya Bruno hubiera podido usar su barba como bufanda, ocurrió otro hecho inesperado.
Los caminos del ciberespacio son inescrutables y sus bifurcaciones insospechadas, y esto  hizo que Bruno, buscando nuevos recursos para los personajes de  su juego, llegara inexplicablemente a un sitio en el que leyó: “¿Quieres colaborar con nosotros? ¡Necesitamos voluntarios! ¡Ellos te necesitan!”
Atraído de nuevo por la curiosidad, dedicó unos minutos a aquel sitio que había aparecido en su mundo por sorpresa, y supo que ellos eran águilas, linces, camaleones... Bruno nunca había sentido un interés particular por los animales como no lo había sentido por ninguna otra cosa del mundo real, pero las imágenes de aquellas criaturas, del refugio, del monte, de la vida natural, le causaron una impresión extraña. Sintió una emoción a la que no podía dar nombre; una sensación que le pareció dolorosa y dulce al mismo tiempo, como si el corazón se le agrandara.
No es fácil explicar una expansión semejante del alma, salvo con la certeza de que la vocación, esa llamada que nos indica un camino, tira de nosotros con más fuerza incluso que el amor.  Y Bruno sintió  en ese momento que algo lo empujaba hacia los animales, hacia la naturaleza; algo que hacía que se sintiera distinto y nuevo.
Al otro día salió de su habitación por primera vez en varias semanas. Un poco ruborizado por la alegría asombrada de sus padres, se sentó a la mesa y, con una amabilidad en la voz y en los gestos que ya no recordaban, les  pidió compartir la comida con ellos.
Y a la mañana siguiente, aseado y con una mochila casi vacía al hombro, salió de casa. Caminaba despacio, porque sus miembros estaban debilitados, pero su espíritu era como un sol: cálido, luminoso y con un camino preciso que seguir.
 


jueves, 5 de marzo de 2015

Sin ánimo de sinónimo


Hace unas semanas, cuando preparaba la entrada titulada Lipograma, volví a meditar mucho sobre esa interesante cuestión que son los sinónimos.
Como en dicha entrada me propuse evitar toda palabra que contuviera la letra a, tuve que buscar otras que, además de no contenerla,  no alteraran el sentido de lo que pretendía decir. Así, por ejemplo, para evitar la palabra palabra recurrí a término, que de las opciones de que disponía me parecía  la más adecuada.
 

Si consultamos un diccionario de sinónimos, veremos que como equivalentes de palabra, aparecen también vocablo -que no me hubiera servido para mi lipograma, porque contiene la a-, voz y verbo, que tienen unos usos muy determinados y que por eso mismo tampoco me habrían servido como equivalentes a palabra en mi texto.
Por otro lado, término y palabra son sinónimos sólo en contextos lingüísticos. Si decimos “al término de la reunión” o “los términos del acuerdo”, es obvio que no podríamos utilizar palabra como sinónimo de término.
 
Dicen los expertos que  los sinónimos auténticos escasean e incluso que no existen, y que toda palabra que consideramos sinónima de otra tiene matices y connotaciones que la distinguen de esa otra, como acabamos de ver. Es decir, los considerados sinónimos no son siempre intercambiables.
Además, ¿para qué querríamos unas palabras estrictamente idénticas a otras? Eso iría en contra del principio de economía del lenguaje, que además de práctico, es un mecanismo esencial para el correcto funcionamiento de los idiomas.

Y los que no somos expertos también nos damos cuenta, aunque sea de manera intuitiva, de que cada palabra significa lo que sólo ella significa, y sabemos que no es lo mismo padre que papá o que progenitor.
Sin duda, las tres se refieren al mismo concepto, y nuestro padre, nuestro papá y nuestro progenitor son la misma persona, pero  cada una de estas palabras tiene un sentido, un tono y unas connotaciones especificas, y su inclusión indistinta en un texto, oral o escrito, alteraría el sentido de éste.
Por otra parte, con frecuencia una palabra determinada exige la compañía de un preposición, de una conjunción, etc., que su sinónimo no requiere, lo cual nos obligaría a hacer modificaciones adicionales en la forma del texto.


Así pues, los términos que consideramos sinónimos, con significados equivalentes, tienen en realidad sólo una equivalencia parcial, una similitud de significados que los hacen intercambiables sólo en determinadas circunstancias.  
 
Para asegurarme definitivamente de que esto de la sinonimia es un concepto más ideal que real, más teórico que efectivo, he probado a reescribir un texto cualquiera mediante sinónimos.
El texto es un fragmento de una historia breve que ya vimos aquí, y he elegido la primera equivalencia que un buen diccionario de sinónimos nos da para cada palabra consultada.
 
Versión original:
 
“Una vez conocí a un hombre que vivía a medias. Nunca dejaba que las cosas llegaran a su conclusión natural, sino que las interrumpía cuando le parecía conveniente.
Nunca se casó, pues a cada novia que tuvo la dejó cuando la relación empezaba a definirse. Del mismo modo, abandonaba a sus amigos cada cierto tiempo y entablaba nuevas amistades con personas diferentes.
Cada dos o tres años cambiaba de trabajo,  de coche, de casa y de dentista.
-¿Por qué en tu vida todo es temporal? –le pregunté una vez.
-Porque no me gustan los finales -me respondió-. Normalmente las cosas que acaban por sí mismas no acaban bien. Es mejor ponerles fin cuando todavía son agradables.”
 
Versión sinónima:
 
“Una vez traté a una criatura que subsistía a medias. Jamás permitía que las cosas arribaran a su terminación lógica, sino que las detenía cuando le parecía eficaz.
Jamás se matrimonió, pues a cada prometida que tuvo la abandonó cuando el noviazgo empezaba a determinarse.
También desatendía a sus compañeros cada cierto tiempo y comenzaba nuevos compañerismos con seres desemejantes.
Cada dos o tres años canjeaba su ocupación, su vehículo, su domicilio y su estomatólogo.
–¿Por qué en tu existencia todo es eventual? –le interrogué en una ocasión.
–Porque no me agradan los fines –me contestó–. Habitualmente las cosas que terminan por sí mismas no terminan perfectamente. Es preferible ponerles término cuando aún son gratas.”
 
Es casi lo mismo, sí, pero no da lo mismo. Ese casi es el que nos dice que cada palabra es única  e inimitable, porque en cuanto las probamos, en cuanto las saboreamos un poco, vemos que cada una es distinta de todas las demás, que cada una tiene su color propio y su propio sabor.
Prácticamente como las gominolas.