lunes, 8 de agosto de 2011

Los sueños ¿sueños son?

Seguramente es verdad que los sueños son solo sueños, aunque yo no estoy muy segura. Y a lo mejor también es verdad que la vida no es otra cosa que un sueño, como ya dijo el mísero e infelice Segismundo.
Y tampoco estoy segura de eso. Pero de lo que no tengo duda es de que hay sueños que tienen miga. Y sé por qué lo digo.

Hay personas que nunca recuerdan lo que han soñado, y otras que lo recuerdan pero solo a grandes rasgos, sin detalles ni pormenores.
Yo soy de los afortunados que recuerdan  los sueños con una claridad y una profusión de detalles que se diría que me lo invento.
Pero no, no me invento nada. Puedo recordar las caras de las personas o seres diversos que aparecen, la ropa que llevan, los colores, las palabras que se pronuncian, los sonidos… todo, todito.

Esto está bien cuando los sueños son agradables o divertidos, claro, pero cuando son desagradables y hasta terroríficos, la cosa ya no tiene tanta gracia.
Y eso es precisamente lo que me pasa a mí, que tengo sueños feos con mucha frecuencia. Y como los recuerdo tan claramente, necesito mucho tiempo para que se me pase el mal rato.
Por ejemplo, una vez soñé que mi padre era un vampiro; y otra, que nos invadían unos extraterrestres, que eran niños y nos atacaban con sus naves de juguete.
También recuerdo un sueño en el que me perseguía un perro gigante, peludo y con unas fauces de espanto.
En otra ocasión, una señora me mataba con un cuchillo de cocina mientras yo dormía. Y en otra, mi sobrina, de seis años, se convertía en un muñeco de papel y se la llevaba el viento.
Horroroso.

En algún sitio leí que, para evitar las pesadillas frecuentes, era conveniente tener a mano, en la mesita de noche, un cuaderno y un bolígrafo. Así se podía anotar el sueño en el momento justo de despertar, pues el recuerdo puede desaparecer en un instante.
Teóricamente, si se anotan las pesadillas y luego se leen a la luz del día, pierden su efecto atemorizador y, como si nos hubiéramos puesto una vacuna, acaban por desaparecer.

Yo quise hacer la prueba, y creo que sí, que por lo menos durante un tiempo mis pesadillas fueron menos frecuentes. Pero lo mejor de todo es que ahora tengo un par de cuadernos llenos de sueños que resultan historias de lo más curiosas.
Incluso algunas de esas pesadillas, al pasar al papel, se han transformado y se han convertido en historias realmente cómicas.

Pero claro, no solo hay pesadillas en el mundo de los sueños. También hay sueños premonitorios, según dicen, que ahí yo no tengo experiencia; y sueños que proporcionan la solución a un problema, como al parecer les ha ocurrido a algunos científicos; y sueños normales y corrientes en los que se refleja nuestra actividad cotidiana, lo que el cerebro ha ido almacenando durante el día.

Pero a mí los que más me gustan y me fascinan son los llamados sueños lúcidos. Sí, esos en los que la persona que sueña es consciente de que está soñando.
A lo mejor otro día podríamos hablar de ellos.