viernes, 29 de abril de 2011

Detalles

Londres, es bien sabido, es una ciudad mágica. Es histórica y moderna, bulliciosa y tranquila, majestuosa y sencilla, y desde luego muy limpia.
Es un lugar enorme y a la vez acogedor, en el que se puede encontrar desde lo más sublime a lo más común. Y en la que lo común adquiere un sorprendente tono sublime.
Es una ciudad que, como dice mi amigo John, ama la literatura, a lo que  yo añado que la literatura ama a Londres.

En Londres puedes extasiarte contemplando prodigios como el  Big Ben, el Parlamento, la abadía de Westminster, la Catedral de Southwark, la Torre del Londres… y cuando ya no puedes asimilar más grandiosidad, ir a Notting Hill y sentir la coqueta y relajante belleza de sus calles llenas de flores, de sus tiendas y cafeterías, de sus casitas de colores y su ambiente chic y sencillo a un tiempo.

Pero esto, seguramente, también lo sabe todo el mundo.

En cambio, hay lugares y elementos londinenses que, me parece, suelen pasar desapercibidos, tal vez por su modestia, aunque no carecen en absoluto de finura y significado.
Me refiero a detalles como  ciertas placas conmemorativas, humildes y casi escondidas, como esta, que evoca la historia de Helene Hanff y la librería Marks and Co.
O esta otra, en Notting Hill, precisamente, que recuerda, con sorprendente laconismo, que en esta casa vivió George Orwell.

También me llaman la atención las placas que señalan el número de algunas casas, y que son muestra del gusto británico por el mimo, la delicadeza y el cuidado en los elementos cotidianos.

  
O la estatua de Peter Pan, en Kensington Gardens, que a su vez está llena de detalles en forma de animalillos y hadas.
A mí me fascina esta especialmente:


Yo creo que la contemplación y el disfrute de la  belleza nos hace mejores personas. Porque nos hace más sensibles y nos capacita para descubrir y apreciar  matices y aspectos de la vida, del mundo y del ser humano, que normalmente quedan ocultos bajo capas de prisas, impaciencia y pragmatismo. 
E igualmente, nos hace respetuosos con los bienes comunes.
Pero a veces, también la propia belleza, la más evidente, la más deslumbrante, nos impide ver que alrededor hay otras bellezas, más pequeñitas, menos llamativas, pero igualmente  emocionantes.

domingo, 17 de abril de 2011

Inocente de todos los cargos


Supongo que todo el mundo ha recibido alguna vez en su correo uno de esos mensajes en los que se dice que el idioma español es machista.

En esos mensajes vienen ejemplos que supuestamente demuestran que nuestra lengua es discriminatoria y que tiene una mala idea que no se puede consentir.

Por ejemplo, se dice que ‘zorro’ es un héroe justiciero y ‘zorra’ una mujer de vida   licenciosa; que ‘héroe’ significa un hombre valiente mientras que ‘heroína’ es una droga; o que si algo es bueno y estupendo, decimos que es coj*n*do, y si es malo y aburrido decimos que es un coñ*z*.
Aunque también se usa la expresión “de p*t* madre” para referirse a algo estupendo, mira tú por donde.

Estos ejemplos, y otros que se ponen como pruebas inculpatorias para acusar al idioma de machista y retrógrado, me parecen a mí algo rebuscadillos y tendenciosos, francamente. Porque también se dice de un hombre que es un zorro, o muy zorro, para señalar que actúa con malicia, o que es un vago; y que una mujer es zorra, o muy zorra, para indicar que es lista, espabilada y difícil de embaucar.
Y aunque haya una droga llamada heroína, a las mujeres valientes se las llama heroínas, porque es lo que son, y nadie se confunde con otra cosa. De hecho, a la droga se la llamó así  porque su uso médico original, en el siglo XIX,  hizo que se la considerara  como una sustancia 'heroíca', por sus efectos beneficiosos.

Esto de culpar al idioma por los prejuicios humanos a mí me hace mucha gracia, y también me cansa un poquito, la verdad. Parece que el idioma sea un ser consciente, un ente malintencionado con capacidad para discriminar y ofender.
Pero resulta que no, que ni el idioma toma decisiones por sí mismo, ni le tiene manía a las mujeres ni a nadie.
Si hay palabras con carga machista u ofensiva es porque existe una sociedad machista y con tendencia a la falta de respeto y al desprecio por los demás, y son las personas las que le dan a una palabra determinada una connotación determinada.

Echarle la culpa al idioma de los pecados humanos es como si un señor apuñala a otro y le echamos la culpa al cuchillo. No, mire, el cuchillo estaba ahí para pelar patatas, lo que pasa es que alguien lo ha utilizado con intenciones aviesas.

Por eso, decir que la lengua española es machista es, como mínimo, inexacto. Porque la lengua refleja nuestras ideas y nuestras costumbres, no al revés.
El ser humano, como ser pensante y hablante que es, tiene la capacidad de crear con las palabras, y puede crear tanto lo bueno como lo malo.
Con nuestras palabras podemos ayudar, aliviar, motivar, alegrar, y también podemos manipular, engañar, entristecer y hacer daño.
Depende de nosotros, porque somos nosotros los que empleamos las palabras de una forma u otra y los que les damos intención, según nuestra mentalidad, nuestros intereses y nuestro propósito.



block letters

domingo, 10 de abril de 2011

Premios Gamba 2011. ¿No hay esperanza?

A mí ya no me extraña  que en la tele, con demasiada frecuencia, se hable mal; que el nivel de exigencia vaya para abajo que corta; que la falta de rigor y de conocimiento se imponga sobre el cuidado, el esmero y la buena formación.
 
Como tampoco me extraña que este avance de la desidia y el desinterés por las cosas bien hechas afecte igualmente a la prensa escrita, a la publicidad, a los textos oficiales… en fin, a todo.
 
Pero, pensaba yo, por lo menos nos queda la literatura para darnos el gusto de leer un texto bien elaborado, con un lenguaje simplemente correcto, sin expresiones ni palabras mal empleadas, fuera de lugar o innecesariamente vulgares.
 
Pero qué va. Mi gozo en un pozo, pues ya  he podido comprobar, con gran pesar, que la falta de cuidado, de celo y atención no se detiene ante nada.
 
De todas formas, empezaremos por los casos clásicos, que no faltan.
Por ejemplo, en el telediario de Antena 3, del 7 de marzo, una reportera que informa sobre el caso de una mujer muerta a manos de su marido, dice que la mujer lo había denunciado previamente, pero que “no preveyó” el fatal desenlace.
 
Claro, preveyó, del verbo preveyer: yo preveyo, tu preveyas, el preveye…
 
Hace unos días, mando en ristre, pasando de un canal a otro, llegué a una emisora que no sabía que estaba sintonizada en mi tele: la conocida PTV, que yo creía que solo se veía si estabas abonado. El caso es que la sorpresa me hizo detenerme un momento para ver qué programa había. Era una entrevista a un actor de teatro, que estaba en Málaga actuando en esos días. Y como una de sus compañeras de reparto es natural de la ciudad, el entrevistador le dijo al actor que tenía “una buena cicerona”.
Yo no sé qué diccionario maneja dicho entrevistador, pero en los que consulto yo (RAE, Larousse, Espasa Calpe…), la palabra 'cicerona' no viene. Y se ve que tampoco viene en el diccionario de mi ordenador, que cada vez que pongo 'cicerona' me lo cambia automáticamente a 'cicerone'.
Porque claro, cicerone es palabra del género epiceno, es decir, que se refiere tanto al sexo masculino como al femenino.
Es lo mismo que ocurre, por ejemplo, con 'víctima' o 'criatura'. Y si a nadie se le ocurre decir víctimo ni criaturo cuando el referente es de sexo masculino, ¿por qué a algunos se les ocurre decir miembra y cicerona?
Y, como curiosidad, la actriz de la que hablaban, ¿qué personaja interpretaría?
 
Pero, como decíamos, lo más triste viene ahora.
He leído recientemente dos novelas de  Mathias Malzieu.
Las dos me han gustado muchísimo, pero, para mi asombro, las ediciones, que estéticamente son preciosas, abundan en errores léxicos y sintácticos.
 
Por ejemplo, en las páginas 36-37, se lee “… y da la sensación que les cosquillean el cerebro…”, es decir, un clásico caso de queísmo, vicio de redacción tan feo como el dequeísmo. Para evitar caer en lo uno se cae en lo otro. Ayyyy…

En la página 55, otro fallo inexplicable: “… solo un epitafio gravado en el árbol.” Obviamente, el epitafio debería estar grabado, del verbo grabar, que es hacer una incisión, labrar letras o figuras en una superficie. No gravar, que es imponer o cargar algo sobre algo o alguien.

Hay más, hay más. Página 87: “Su voz recuerda a los gritos que pudiera dar una avestruz…”.
Y mira lo que dice el DPD:
"avestruz. ‘Ave corredora de gran tamaño’. Es voz masculina: «Me acordé de Óscar, el pequeño avestruz de peluche que mi padre me regaló» (Montero Tú [Cuba 1995]). Por influjo del género de la palabra ave, se comete a menudo el error de usarla en femenino: la avestruz."


Voy a terminar con un ejemplo de sintaxis rarita que hace bizquear y preguntarse en qué idioma está escrita la oración. Está en la página 91: “Aunque me hubiera encantado hacerle ni que fuera un poquito de miedo…”

Y que yo termine con este ejemplo no significa que no haya más errores en el libro, sino que me da corte seguir.

No obstante, hay que decir a favor de la editorial que en la segunda novela, solo hay un fallo.
No debería haber ninguno, por supuesto, pero después de lo visto, se agradece que solo confundan 'arroyo' con 'arrollo':
“El arrollo atraviesa el pueblo” (página 38) y “…por el fondo del arrollo…” (página 39).
Es un error propio de un alumno de Primaria. Pero del primer día de primero de Primaria.

Por último, y a riesgo de resultar cansina y policial, añadiré que en la página web del libro y en referencia al autor, se lee:

A parte de escritor, también es el cantante de uno de los grupos de pop más importantes de Francia, Dionysos. Con el proyecto de La Mecánica del Corazón, libro y sexto álbum de la banda, Malzieu a seducido al gran público.”


Qué pena que una editorial ponga tan poco cuidado en la elaboración y promoción de sus productos. Y qué pena que el lector tenga que ver entorpecido de este modo el disfrute de unas historias tan  bellas, graciosas y conmovedoras como las que cuenta Mathias Malzieu.

miércoles, 6 de abril de 2011

Cuento. Un trabajillo extra

-¿Sí?
-Buenos días. De Electrodomésticos París, para entregar una lavadora.
-Ah, sí, adelante. Tengan cuidado, que el ascensor es pequeño.

Los transportistas subieron la lavadora y la instalaron.
-Y se llevan ustedes la vieja, ¿no?
-Sí señora.
-Pues mire, es que hay otra cosa de la que me quiero deshacer. ¿Ustedes podrían encargarse?
-No, señora, verá, es que nosotros no podemos hacer más que lo que la empresa nos encarga, que es traer las lavadoras nuevas y retirar las viejas.
-Ya, pero, ¿y en plan particular? O sea, ustedes vienen otro día, yo les pago lo que acordemos y…
Los dos hombres se miraron el uno al otro. Uno de ellos hizo un gesto de “por mí, vale”, y el otro dijo:
-Pero tendría que ser en fin de semana, claro, fuera del horario laboral.
-Bien, bien, si a mí el día me da igual.
- Bueno, pues de acuerdo. ¿Y de qué se trata? ¿Un sofá, un colchón…?
-De mi marido.
-¿El colchón de su marido?
-No, no, de mi marido. Que me quiero deshacer de mi marido.
-Pero señora… qué dice… -dijeron los hombres con una risilla de desconcierto.
-Es un encargo… ya saben… un trabajito… Ustedes lo hacen como mejor les parezca, que yo en eso no me meto.  Yo les pago un dinero, y en boca cerrada no entran moscas.
-Señora, usted ha visto muchas películas, eh –dijo uno de los hombres, y dirigiéndose a su compañero:
-Anda, vámonos, vámonos, antes de que esta mujer diga más tonterías.

Los hombres salieron de la casa, y mientras metían la lavadora vieja en el ascensor, la señora seguía diciendo:
-Que yo tengo mis buenos dineritos, eh, no se vayan a creer. Que yo sé que estas cosas hay que pagarlas bien…
Los hombres, cada vez más nerviosos, consiguieron meter la lavadora en el ascensor, pulsaron el cero y bajaron.
Al salir al portal, mientras sacaban la lavadora a la calle, escucharon por el portero automático:
-Bueno, entonces ¿vienen ustedes el sábado o el domingo?... ¿Oiga?

Mientras los hombres llevaban la lavadora vieja hacia la furgoneta, se cruzaron con dos mujeres que se dirigían al portal. Al verlos, una le dijo a la otra:
-Mira, se ve que ya le han traído la lavadora nueva a la del séptimo.
-La del séptimo es la vecina nueva, ¿no?
-Sí, la viuda.