viernes, 25 de febrero de 2011

Cuento. Un caso difícil

El señor Stonk llegó a casa y su mujer le preguntó:
-¿Qué tal ha ido la investigación hoy?
A lo que Stonk respondió:
-Mal. No hemos avanzado nada.
-¿Nada? ¿Seguís sin pistas?
-Ni una.  Ni una huella, ni un cabello… nada. El asesino debe ser un tipo listo.
-Un tipo listo… Y muy limpio, ¿verdad?
-Exacto. Listo, limpio, meticuloso... No ha dejado nada que podamos analizar, ni un rastro que seguir.
-Entonces, ¿podría tratarse del crimen perfecto?
-Bueno, aún es pronto para decir eso. Estoy seguro de que tarde o temprano descubriremos algo.
-Ya, ya, pero, si no se descubriera nada, sería el crimen perfecto, ¿no?
-Supongo que sí.
La señora Stonk volvió a preguntar:
-¿Y sobre el móvil?
-Tampoco nada nuevo. Únicamente hemos podido descartar el robo como móvil del crimen. Pero seguimos sin saber qué conexión hay entre el asesino y la víctima.
-¿Y qué dicen tus compañeros?
-Pues lo mismo que yo. Que estamos desorientados.
-¿Eso quiere decir que el asesino es más listo que vosotros?
-Bueno, yo no diría tanto…
-Pero lo cierto es que os lo está poniendo muy difícil…
-Sí, lo admito.
-Claro, y admitirás también que lo del reloj es todo un desafío.
-¿Lo del reloj? ¿Qué reloj? ¿Qué desafío?
-Ay –exclamó la señora Stonk, llevándose una mano a la boca, como si intentara retener las palabras que ya había pronunciado.

martes, 15 de febrero de 2011

Ortografía? Pa ke?


He encontrado la prueba fehaciente de que la ortografía y la gramática en general, son algo inútil e innecesario. Un caprichito de unos pocos que solo sirve para confundirnos y hacernos sentir inferiores. 

Con frecuencia paso por delante de una tienda en cuya puerta-escaparate aparecen cada cierto tiempo unos interesantes carteles, a modo de campaña publicitaria de andar por casa.
Se supone que dichos carteles nos informan  de la orientación del negocio, de las tendencias actuales en materia de moda, de los artículos de que disponen, etc.
Es verdad que hay que reconocer  el espíritu emprendedor, la iniciativa y el empuje comercial de los responsables de la tienda. Pero  aquí la cuestión que nos ocupa es otra.
Se trata de que basta con  leer los carteles para darnos cuenta de que verdaderamente cada uno  puede escribir como  quiera, sin necesidad de seguir ninguna regla,  ningún código compartido por todos los hablantes que haga posible y fácil la comunicación.
Porque sin ese código y sin esas normas nos entendemos igual. De verdad.
No hay más que echarle tiempo y paciencia al asunto,  leer cada cartel unas cuantas veces, imaginar lo que su autor quiere decir, intuir el mensaje y la intención como buenamente podamos y quedarnos con la duda de si realmente hemos entendido o no. Poca cosa.

Así que, lo dicho: la ortografía no sirve pa na.




Aquí más cartelitos


domingo, 6 de febrero de 2011

Historia de un libro

Hay muchas cosas de las que no puedo presumir, y una de ellas es mi memoria.
Pero a pesar de eso, hay cosas que recuerdo con mucha claridad.
Y una de esas cosas es mi relación con los libros durante mi infancia.
Otro día entraré en detalles, pero hoy me quiero referir a un libro en particular, uno que nos trajeron los Reyes una vez a mi hermano y a mí.
Se titulaba Héroes en zapatillas, y he de reconocer que tardé mucho tiempo en entender lo que significaba tal título.

Era un libro de gran formato que hablaba de personajes y hechos históricos y literarios: los faraones, el caballo de Troya, Leonardo da Vinci, Cristóbal Colón…

Cada historia o personaje se presentaba de dos formas. En una página había un texto formal, poco o nada infantil, que yo nunca me leía. Y en la página siguiente se contaba la historia en viñetas de cómic, con unos versitos ripiosos que eran la monda:

“Se me viene a la memoria / Egipto y toda su historia”; “Julio Verne era un señor / que nació para escritor”, y cosas así.

El libro lo leíamos y releíamos y lo manoseábamos de tal manera que lo recuerdo bastante descuajaringado.
Cuando pasó el tiempo y nos hicimos mayorcillos, cometimos la insensatez de regalar el libro –que era cosa de críos- a unos primillos nuestros que también se habían prendado de él.
Y después, más sensata y menos adolescente, me acordé de ese libro infinidad de veces, arrepintiéndome, por supuesto, de haberme deshecho de él.

Pero no nos echemos a llorar.
Hace unos años, paseando por Sevilla, me paré ante el gran escaparate de una librería. No es que me parara voluntariamente a mirar los libros. Es que me quedé parada por la sorpresa.
Porque conforme me acercaba a la librería, y sin tener intención de detenerme, vi, en la parte más alta del escaparate, el libro que tanto había añorado.

Allí estaban, Don Quijote y Sancho, con ese trazo de dibujo animado y esos colores que tanto me atraían de pequeña, llamándome desde la portada del libro.
Emocionada y asombrada entré en la librería y pedí el libro.

El dependiente me lo trajo y cuando lo tuve en mis manos me sentí retroceder en el tiempo, recuperar una sensación muy definida. Por un instante creí volver a mi habitación infantil y a las horas que pasé aprendiendo historia y literatura, creyendo que simplemente me estaba divirtiendo con un tebeo.

El librero me dijo que ese libro era una maravilla, que tenía un gran valor pedagógico y que era muy atractivo para los niños.
Yo le dije que lo sabía porque conocía el libro muy bien. Le conté la historia a grandes rasgos y creo que el buen señor se emocionó y todo.

Pagué el libro y me lo llevé en brazos como si temiera perderlo otra vez, y deseando volver a mi ciudad para enseñárselo a mi hermano.

Y ahí está, lo veo mientras escribo esto, y aunque obviamente no es el mismo ejemplar que tuvimos de pequeños, para mí es como si lo fuera.
El otro, el original, tendría un valor sentimental inmenso, claro está, pero este también lo tiene, por su poder de evocación.
Y además representa  la capacidad de hacernos revivir sensaciones que puede tener un objeto, y la magia que hay en recuperar, de forma totalmente inesperada, sorpresiva y casual, algo que habíamos dado por perdido para siempre.