lunes, 29 de marzo de 2010

Los títulos de las películas, V

(viene de aquí)

Algunas veces, el bello arte de liar al espectador con los títulos que les ponen a las películas extranjeras, alcanza unas cotas de perfección inimaginables y sorprendentes.

Parece que a algunos distribuidores y editores de películas les encanta alardear de imaginación, y además parece que tienen en muy baja estima los títulos originales de las películas, y les falta tiempo para cambiárselos.

Ejemplos ya conocemos muchos, pero, como decíamos, hay casos que asombran hasta al cinéfilo más curtido.
Uno de esos casos asombrosos tiene su punto de partida en la película Phantasm, de Don Coscarelli, estrenada en 1979.
Esta película se llamó en España Phantasma, título que está muy bien, porque resulta español y exótico al mismo tiempo, como Raphael.
En ese mismo año, en Estados Unidos hicieron una miniserie de televisión, dirigida por Tobe Hooper, titulada Salem’s Lot y basada en la novela de Stephen King.

Y además de la miniserie, se hizo una versión cinematográfica para Europa, titulada, como la serie y la novela, Salem’s Lot.
Pero hete aquí que cuando la película llega a España me le cambian el título  y me la estrenan como Phantasma II. Así, por las buenas.
Supongo yo que Phantasma había tenido éxito, y el listo correspondiente pensó que había que aprovechar el tirón. Lo de confundir al público se ve que les daba igual.
Así que me imagino que los espectadores que habían visto Phantasma irían a ver este Phantasma II pensando que iban a encontrarse con nuevas aventuras de los hermanos Pearson contra ‘el hombre alto’, y se encontraron con David Soul interpretando a Ben Mears en una historia de vampiros, completamente ajena y sin relación alguna con Phantasma.

Pero ahí no acaba la cosa. Resulta que Don Coscarelli decidió, en 1988, hacer la verdadera y auténtica continuación de su Phantasm, y la tituló,  con toda lógica, Phantasm II.

Y claro, aquí ya habíamos tenido un Phantasma II -que no era tal-, así que, ¿qué hacer con este Phantasm II verdadero?
Pues se ve que ponerle Phantasma III les dio corte, así que optaron por añadirle un subtítulo, quedando la cosa en Phantasma II. El regreso.

Ya teníamos Phantasma, Phantasma II y Phantasma II. El regreso. De Salem’s Lot ni rastro.

Andando el tiempo, llegados ya a 1994, Coscarelli sigue con su saga, que se había convertido ya en obra de culto, y rueda Phantasm III. Lord of the Dead. Que levanten la mano los que crean que en España se limitaron a traducir ese "Señor de los muertos"...
Efectivamente, aquí, inspirados y decididos a no dejar nada como estaba, se titula Phantasma III. El pasaje del terror.
Cambiar por cambiar, vamos.

¿Y qué pasó en todo este tiempo con Salem’s Lot, Ben Mears y los vampiros? Pues que con el tiempo se editó aquí, en vídeo, la serie televisiva norteamericana original, pero no llamándose Salem´s Lot a secas, sino El misterio de Salem’s Lot, para que pareciera otra.

Y en 2004 se hizo una nueva versión, protagonizada por Rob Lowe, que mantiene el título de Salem’s Lot, y que aquí se vuelve a llamar El misterio de Salem’s Lot.
Y la película que se hizo en el 79 para ser estrenada en los cines europeos, se sigue editando en España –erre que erre- hoy día con el titulo de Phantasma II.

Así que si alguien va al videoclub, o a la tienda o a donde sea, a buscar alguna de estas películas, deberá tener en cuenta que :

Phantasma es Phantasm.

Phantasma II es Salem’s Lot (el film).

Phantasma II. El regreso es Phantasm II.

Phantasma III. El pasaje del terror, es Phantasm. Lord of the Dead.

El misterio de Salem’s Lot (de 1979) es Salem’s Lot (la miniserie original)

El misterio de Salem’s Lot (de 2004) es Salem’s Lot (la versión moderna de la miniserie).

Pero por supuesto  este no es el único caso –ni mucho menos- de títulos cambiados, primeras y segundas partes confundidas, versiones antiguas y modernas embarulladas... todo un desbarajuste del que seguiremos hablando otro día.


La auténtica
Esta en realidad es Salem's Lot
               
  (continúa aquí)                                          

jueves, 11 de marzo de 2010

Policía gramatical

(Dedicado a MJ.)

Hace poco un amigo me envió dos e-mails, uno a continuación del otro.
El primero contenía (¡intolerable!) una falta de ortografía; creo que una b en lugar de v, o algo similar.
El segundo correo consistía exclusivamente en una disculpa por dicha falta, de la cual se había percatado mentalmente justo después de haberme enviado el mail (demasiado tarde, amigo).

A mí me pareció que el chico se preocupaba mucho por un simple error que cualquiera puede cometer, y que además no tenía ninguna trascendencia.

O quizá para él sí la tenía, pues es persona escrupulosa al máximo con lo que escribe. De hecho, yo siempre alabo su esmerada redacción y su perfecta ortografía.

Es curioso, dicho sea de paso, que hayamos llegado a tal extremo de ignorancia de nuestro propio idioma y de dejadez en su uso, que nos llame la atención, nos sorprenda y hasta nos maraville que una persona escriba con corrección, cuando esto debería ser lo habitual y lo más normal.
Es como si al ir a una tienda nos sorprendiera que nos dieran el cambio, o que los artículos estuvieran  en buenas condiciones.

Pero, como decía, hemos llegado al extremo de que lo correcto y lo lógico se han convertido en lo raro.

Y claro, como toda acción tiene su reacción, y todo bote su rebote, van surgiendo por doquier contumaces correctores, personas que para contrarrestar esa tendencia generalizada a escribir mal, se dedican a vigilar lo que otros escriben para señalar sus errores, regañarles y corregirlos.

Estas personas que se creen en la obligación de corregir cuanto error gramatical y ortográfico encuentran a su paso,  reciben los cariñosos apelativos de “policías gramaticales” o, en inglés, grammar police, así como spelling police (policía ortográfico), y grammar nazis.

En un par de emails recientes, también mi amiga MJ se ha disculpado por los posibles fallos ortográficos que pudiesen contener sus correos, debidos bien a que su teclado estaba fallando, bien a despiste o falta de atención por su parte.

Esto ya me dio que pensar seriamente, y me preocupé por el hecho de que mis amigos se sintieran en la necesidad de disculparse ante mí por sus eventuales errores.

Y me asaltó entonces el temor y la duda: ¿soy yo uno de esos policías gramaticales?

Pensé también que a lo mejor me he ganado a pulso cierta fama de repipi con los textos que suelo escribir en este mi blog (y de todos ustedes), sobre desatinos semánticos y de expresión.

Por eso me gustaría aclarar que cuando critico la mala utilización del idioma me refiero exclusivamente a aquellos que lo tienen como herramienta de trabajo: periodistas, locutores, presentadores, traductores, redactores de textos oficiales, publicitarios, etc. Además procuro hacerlo con un tono jocoso y distendido, porque no se trata de ofender a nadie, sino de señalar fallos que mueven a risa la mayor parte de las veces. Y, por supuesto, considero que es lícito criticar la falta de profesionalidad en los medios de comunicación, del mismo modo que se critica a cualquier profesional de cualquier ámbito que haga mal su trabajo.


En otras ocasiones hablo de la utilización errónea de determinadas palabras por parte de personas anónimas, como yo, como cualquiera que va por la calle. Como se suele decir, el que tiene boca se equivoca, y ahí no cabe recriminación ninguna.
Y en esos casos especialmente, lo único que pretendo es dejar modesta constancia de lo divertido que puede llegar a ser el idioma, ya que jamás se me ocurriría ridiculizar ni criticar a nadie por una incorrección cometida en un texto o conversación coloquial, informal, sin pretensiones artísticas ni profesionales. Sobre todo porque yo estoy tan expuesta al error como cualquiera.

Por eso precisamente me resultan cargantes los verdaderos policías gramaticales, esas personas que entran en foros, chats, blogs y en las secciones de comentarios de periódicos y revistas de la red, y se dedican cansinamente a fiscalizar, analizar, vigilar, corregir y acosar a los demás a cuenta de su forma de expresarse.

Y lo más gracioso del caso es que muchos de esos grammar nazis creen tener unos conocimientos gramaticales de los que precisamente carecen, y señalan fallos donde no los hay, y hacen correcciones que son en realidad tristes muestras de su ignorancia.

Así que espero y deseo que nadie me considere agente de la ley lingüística, ni fiscal del distrito de la Gramática, ni sheriff del condado de la Ortografía, ni nada de eso.
Yo sólo quiero jugar con las palabras, como el viento.





Nota Bene: Todo lo anterior no significa que me parezca bien  que cada uno trastoque la gramática como le plazca. Pero de eso hablaremos otro día.

martes, 2 de marzo de 2010

Premios Gamba 2010. Febrerillo el loco

*Hoy empezamos con una comparación extraña:
Un enviado de TVE a Haití dice que la población sigue necesitando agua y alimentos, pero que ahora sobre todo necesita vacunas, porque las enfermedades infecciosas “ya se están contagiando como la espuma”.
Pero ¿desde cuándo la espuma es contagiosa?¿ Y a qué espuma se referirá? ¿A la de la cerveza? ¿A la del baño?
*Seguimos con una traición del subconsciente:
En un informativo de Antena 3, una reportera nos informa de que por la tarde va a tener lugar una sesión de control del gobierno “con la asistencia de todos los pesos pesados”, y añade: “Esta sesión de control del pesado...”.
Parece que sí, que la traicionó el subconsciente, pero creo que no dijo nada que no hubiéramos pensado ya muchos.

*Ahora un problemilla de redacción básica:
En el Diario Sur del 18 febrero 2010 leemos, con referencia a los problemas causados por las lluvias:

“En los casos de Nerja y Torrox se han reeditado problemas que se repiten año tras año”.
Ah, ¿los problemas se editan y reeditan? Pues la RAE no lo sabe, porque dice que editar es publicar, o pagar y administrar una publicación, o adaptar un texto, y algunas cosas más, pero ninguna referida a los problemas.
Si lo que el redactor busca es evitar la redundancia, que le dé otro enfoque a la frase, que la construya de otra manera; que diga, por ejemplo, “En los casos de Nerja y Torrox estos problemas se repiten año tras año”; o “En los casos de Nerja y Torrox se han repetido los mismos problemas año tras año”, o cualquier otra  forma de las muchas posibles . En fin, se trata de tener recursos, de manejar el idioma con soltura y conocimiento, de poder expresar una misma idea de maneras diferentes... en fin, lo que cualquier periodista sabe hacer. ¿O no?

*Otro problema de expresión elemental:
Una reportera de Cuatro, informando sobre la puesta en libertad de un delincuente, dice que el susodicho “tendrá que acudir a los juzgados periódicamente, probablemente los lunes, para demostrar que ... (titubea) ... que sigue por ahí”.

Sí señora, eso es expresarse con claridad y con precisión. Qué bien explicado y qué profesional.

*Y aún hay más:

En un telediario, probablemente el de Telecinco, nos enseñan imágenes tomadas por las cámaras de la DGT que muestran graves infracciones de tráfico, y la voz en off se refiere a tales infracciones como “estas burradas”. No “locuras”, ni “barbaridades”, ni “temeridades”. No: burradas.
Está claro que cada uno comete las burradas que puede: unos al volante, otros al micrófono...

*Y terminamos con una frase tonta:

En el telediario, esta vez sin duda el  de Telecinco,  el día 26 dice don Pedro Piqueras que “las tormentas vuelven a Andalucía, cuando todavía están con el cuello hasta el barro”.
Y como el buen señor no se para a rectificar, ni se corrige, ni se corta, yo me pregunto, ¿esto es meter la pata hasta el cuello o hasta el barro?
Es que ya no sé, no sé...