jueves, 31 de julio de 2008

N. Stephen King se divierte

En noviembre se editará (en Estados Unidos) una nueva colección de relatos de Stephen King. Su título es Just After Sunset y uno de los relatos que incluye es N.

Lo novedoso del caso es que este relato se presenta previamente como una historia videográfica, de 25 episodios de unos dos minutos de duración cada uno. La historia se puede ver en internet (www.NisHere.com), o recibirla en el móvil, o descargarla desde iTunes; y también añadirla a tu blog, o a tu MySpace o a tu página . Y es totalmente gratuito. Es que a Mr. King le gusta mucho jugar con las posibilidades que ofrece la tecnología y las diversas formas de edición que existen, y no pierde ocasión de utilizarlas para hacerles un regalito a sus fans, lo cual se agradece mucho.

N, que se podrá seguir a razón de un episodio diario, de lunes a viernes, hasta el 29 de agosto, trata sobre un psiquiatra que se ve afectado por la misma obsesión que su paciente: salvar el mundo, nada menos.

Aunque pueda parecer lo contrario, yo lo pongo aquí de forma totalmente desinteresada, por supuesto, porque me gusta y me parece divertido. Lo que no me gusta es la publicidad que se incluye entre episodios, pero... el mundo en que vivimos es un puro panel publicitario, y de eso no hay quien lo salve.

jueves, 24 de julio de 2008

Solito (y IV)




Hoy Solito se ha marchado. Ha volado.


Llevaba un par de días muy inquieto, piando mucho y con unas ganas locas de volar. Ya era capaz de remontar desde el suelo a la mesa, y desde la mesa a los estantes más altos de los muebles. Y los vuelos horizontales eran cada vez más largos (suerte que tengo habitaciones grandes). Desde hace varios días lo he sacado a la terraza a ratitos, para que se familiarizara con el aire libre y viera el mundo que existe tras las paredes de la casa. La primera vez se asustó mucho y se encogió dentro de mi mano, escondiendo la cabeza. Después ya se atrevía a asomar la cabeza, aunque no hacía ningún intento de revolotear. Ayer lo vi apoyado en el filo de una ventana, mirando hacia afuera. Pensé que querría salir, así que lo llevé a la terraza. Esta vez no sólo estaba más valiente sino que además piaba como si conversara con los pájaros que volaban por la plaza. Abrí la mano temiendo que echara a volar, pero no se movió. Pensé que todavía no estaba listo y, egoísta, me alegré. Pero supe que ya faltaba muy poco para la despedida. Durante el resto del día estuvo piando mucho pero yo no sabía si estaba contento o triste. El caso era que no se separaba de mí, sólo quería estar en mi mano. Pero esta mañana, después de dedicarme toda su atención durante las primeras horas, lo he vuelto a oír piar. He ido a la habitación donde lo había dejado comiendo, y lo he encontrado nuevamente en la ventana, mirando hacia fuera. Luego me ha mirado a mí. Igual que ayer, lo he interpretado como un 'vamos fuera, ¿vale?' Creo que en ese momento supe que se iba a ir, y estuve tentada de no sacarlo. Pensé 'Un día más, Solito, quédate un día más'. Pero es que también se me partía el alma de verlo ahí, mirando el mundo desde el cristal. Así que, con todo el dolor de mi corazón, lo he llevado a la terraza, y tras unos primeros momentos de vacilación, he notado que se iba animando. He abierto la mano, y cuando ya pensaba que seguía sin querer marcharse, ha salido como un rayo hacia una maceta y de ahí al mundo. Lo he seguido con la mirada y lo he visto alejarse, primero hacia un edificio y luego, en un giro magistral, hacia las palmeras. Lo he visto incluso entrar en la palmera, con suavidad y precisión. Y después ya lo he perdido de vista.

Estoy contenta por él, porque en estos dos últimos días me daba pena verlo en casa, contenido, encerrado. Incluso cuando se venía a mi mano a dormitar me parecía que era porque no quería estar sólo y yo era la única compañía que tenía. O porque estaba deprimido y no tenía ganas de nada.

Pero yo estoy muy triste y lo echo mucho de menos.
He dejado su caja, con su cabañita y su comida, en la terraza, por si quisiera volver, pero sinceramente no creo que vuelva. En la plaza hay palmeras y jacarandas llenas de gorriones, y poco después de que Solito llegara a la palmera he visto a dos de ellos revoloteando a ras del césped y saltando uno junto al otro, como si jugaran. Quiero pensar que uno de ellos era Solito que se ha reencontrado con los suyos y estaba feliz.
Todavía recuerdo a dos gorriones que salvó mi padre cuando yo era pequeña y que estuvieron con nosotros varias semanas hasta que volaron. Los recuerdo como si los viera. Así que creo que mi dulce Solito estará en mi recuerdo para siempre.

lunes, 21 de julio de 2008

Solito (III)

Solito ha hecho progresos muy notables este fin de semana. El sábado, cuando se cumplía una semana del rescate, me sorprendió con un alarde de autosuficiencia: ¡se puso a comer él solito! Así, de buenas a primeras, se acercó a su platito y sin decir ni pío se puso a comer, dale que te pego, hasta que se hartó. Luego me miraba como diciendo: ¡Conseguido! Esto me alegra mucho, porque yo temía estar malcriándolo, mimándolo demasiado, y haciendo de él un blandengue. Pero qué va. Le gustan los mimos, sí, pero también me deja claro que los mimos son para cuando él quiera, no para cuando quiera yo.


Por otro lado, sus prácticas de vuelo van dando fruto. Todavía es novato, pero sus vuelos horizontales son cada vez más largos. Ya es capaz de recorrer medio salón sin escalas.

Los verticales aún se le resisten, pero supongo que es normal, porque todavía no está 'vestido' del todo, es decir, que no tiene el plumaje completo, y todavía tiene esas marcas amarillas a los lados del pico, características de los gurripatos. O sea, que es muy chicuelino todavía.
La cuestión es que progresa día a día y para mí es una satisfacción enorme verlo así, tan vivaracho, tan lleno de energía y tan deportista.
Y me encanta cuando viene a arrebujarse en mi mano mientras yo estoy leyendo o viendo una película. Es más listo que siete.




(Continuará)

jueves, 17 de julio de 2008

Solito (II)

Solito sigue conmigo, y sigue haciendo progresos. Todos los días hace prácticas de vuelo y creo que disfruta mucho con los ensayos. Parece que piensa: "¡Eh, puedo hacer cosas!", y a continuación se lanza al vacío, aleteando vacilante desde la mesa.


Lo que más le cuesta es remontar. Tiene obsesión con subir desde el suelo a la mesa, pero eso todavía le viene grande. Le he puesto una escalera de libros, y así, peldaño a peldaño, sí puede, pero desde el suelo no hay manera. Lo que más me gusta es que no ceja en su empeño, no se rinde, y ahí va una y otra vez, llegando con cada intento más cerca de su objetivo. Así se forma un campeón.


También le falta aprender a comer sólo. Ya sabe coger la comida del palito, pero no sabe picotear del suelo o de un recipiente. Lo intenta, pero no atina. Pica donde no hay nada y se deja la comida a un lado. Pero todo se andará. Menudo es él.

A mí me da mucha alegría verlo progresar, pero también me pone triste, porque cuanto más progresa, más se acerca el momento en que querrá volar libre por esos mundos y yo me veo aquejada de eso que llaman 'síndrome del nido vacío' (nunca mejor dicho). Pero así es la vida, un constante ir y venir, un constante y obligado movimiento de adaptación y de aceptación.

(Continuará)

martes, 15 de julio de 2008

Solito ( I )

El sábado por la tarde me encontré en la calle un gorrión de pocos días. Estaba en el suelo, pegado a la tapia de un colegio que hay cerca de casa. Era evidente que se había caído del nido y no podía volar, con lo que estaba en tremendo peligro, así que lo cogí y me lo traje a casa.
El animalillo estaba aterrorizado, y yo sentía su corazón, como un tamborcito, latir contra mi mano.

Al llegar lo puse en una caja de zapatos e intenté darle de comer y beber. Pero estaba tan asustado y desorientado que no conseguí que abriera el pico. Temiendo que no sobreviviera, lo dejé tranquilo en la caja.

Al rato vi que doblaba el cuello y apoyaba el pico sobre un ala, como hacen para dormir. Pensé que por lo menos se había tranquilizado un poco.
Le puse de nombre Solito, porque creo que así es como se debía sentir.


El domingo se despertó bastante espabilado, lo cual me alegró mucho, pero seguía sin comer ni beber. Le ponía gotitas de agua en el pico y no reaccionaba. Le acercaba un poco de pan mojado y tampoco. Yo pensaba que abriría el pico, como en los documentales, esperando que cayera el alimento dentro, pero nada de eso.
Ya me estaba temiendo nuevamente lo peor, porque si no comía ni bebía no podría aguantar mucho. Así que llamé a mi padre, que vino raudo al rescate.

Con habilidad de cirujano, mi padre le abrió el pico y le metió la comida en la boca con un palillo... ¡y menudo desayuno se dio el plumífero! Estuvo un rato comiendo pan y agua, como los presos de los tebeos, y después se quedó tan pancho en su caja.


Aprendida la técnica de mi padre, por la tarde le di de comer varias veces. Y lo mejor fue que a la tercera vez ya no fue necesario abrirle el pico, sino que el solito devoraba lo que se le pusiera delante, estirando el cuello como el de los 4 Fantásticos y abriendo una boca por la que casi cabía yo.


A lo largo del dia observé que lo que más le gustaba era arrinconarse, meterse en algún sitio pequeño y oscuro. Apenas sabe aletear, con lo que lo de volar todavía le viene muy largo, pero remonta lo suficiente para salirse de la caja y luego, dando saltitos, esconderse donde pille.


Por la noche cenó como un pachá, y el lunes por la mañana esperaba encontrarlo tan activo y tragón como el domingo. Pero no fue así. Estába apagado y apático y comiendo muy poco.
Lo puse en una caja más grande, con una rama para que pudiera encaramarse, a ver si se animaba.

Y seguía con el afán de buscar rinconcitos oscuros. Dice mi padre que los nidos de los gorriones son muy cerrados, con forma de globo, y con un agujerito para entrar y salir, así que por eso le gustará estar en sitios resguardados y oscuros.

Entonces le puse, dentro de la caja, otra caja más pequeña, con solapa, e inclinada, de manera que forma un refugio muy ad hoc. Solito parecía encantado, porque se pasó toda la mañana allí metido. Pero a mí me preocupaba verlo tan pasivo. Supuse que estaría deprimido, echando de menos a sus congéneres. Pensé sacarlo a la terraza, pero no me atreví.

Para mi alegría, por la tarde estaba otra vez como nuevo, hecho un saltimbanqui que ni los del Circo del Sol. Estuvo haciendo prácticas de vuelo, y aunque todavía le dan un poco de miedo las alturas, poco a poco se va atreviendo a más. Sigue buscando refugio en su cabañita oscura, pero también le gusta cada vez más investigar el entorno. Es un valiente.

(Continuará)

martes, 8 de julio de 2008

Cuento. El regreso

El hombre caminaba sin prisa pero con paso seguro. Bajo el escaso peso de su mochila parecía ansioso por alcanzar su destino y al mismo tiempo temeroso de no encontrar lo que esperaba.
El paisaje era monótono, uniforme, sin sendas ni marcas de paso. Pero el hombre pisaba con decisión, como si conociera bien el lugar y la meta.
Después de varias horas de ese peregrinaje cansino y desolador, se detuvo. Bebió agua, miró al cielo, miró el terreno que ya había dejado atrás, y echó de nuevo a andar.
Era un alivio ver que hasta entonces nada había cambiado, y aunque no había ni un árbol, ni una valla, ni una hierba más alta que otra, aquella tierra desabrida, áspera y aburrida le resultaba acogedora.
Siguió adelante un rato más.
De pronto, el panorama empezó a cambiar. A lo lejos, tras un leve desnivel del terreno, apareció la copa de un árbol, un trazo verde en la lejanía que reconfortaba la vista y el alma.
A medida que el hombre avanzaba, el árbol iba poco a poco asomando, como si creciera con cada paso, y aunque el rostro y la actitud del hombre no se alteraron, el pajarillo de la felicidad revoloteó en su interior.

Al cabo de unos pocos pasos más apareció otro árbol, y luego otro, y otros muchos más, y entre ellos un tejado, y éste rodeado de otros, y aquí y allá unas suaves nubes de humo doméstico.

Efectivamente, nada había cambiado. Era maravillosa esa sensación de acogimiento, de vuelta a sí mismo, de seguridad.
Entonces se detuvo. Se detuvo y observó la estampa que tenía ante sí. Quería llenarse los ojos con su visión, quería retener el momento y las sensaciones. Quería paladear ese instante, necesariamente fugaz, para después, con el paso del tiempo, saber que no lo había dejado escapar. Años después llegaría la melancolía, y avisado ya por la experiencia, intentó abrazarse a ese momento, conservarlo y aprenderlo de memoria. No dejarlo pasar como se deja pasar cada instante de vida, sino hacerse plenamente consciente de lo que veía y lo que sentía, convirtiéndolo en algo que más tarde casi podría tocar, tan intenso sería el recuerdo.
Era el momento del regreso, el momento en que sentía la absoluta felicidad de la recuperación, del retorno al lugar y a la vida que en los días del dolor y el miedo había creído perdidos para siempre. Y ese momento permanecería en su memoria con la nitidez y la intensidad con que ahora lo estaba viviendo. No sería un mero recuerdo, sino una presencia.
Podría revivirlo, verlo de nuevo, y revivirse a sí mismo sintiendo lo que ahora sentía. Y entonces se diría: “Lo viví bien”. Y evitaría así las lágrimas por lo pasado, la pena por los instantes perdidos, la tristeza por su fugacidad y el dolor por lo irrecuperable.

Por fin, absorbido ya el momento, integrado por completo en su ser, el hombre inició de nuevo la marcha, aligerando el paso a medida que percibía no sólo ya imágenes sino también sonidos y olores.

viernes, 4 de julio de 2008

Duma Key

Me pregunta una amiga sobre Duma Key, la novela más reciente de Stephen King, y francamente, no sé por dónde empezar, si por el título, por el argumento, por el estilo...

Ahora que lo pienso, acabo de establecer yo misma un orden. Me ha pasado como al poeta: burla, burlando, van los tres delante.

Duma Key (Cayo Duma) es el nombre de uno de los cayos de Florida, aunque tal nombre no existe en la realidad. Y es el lugar donde transcurre la historia que ocupa las 600 páginas mal contadas de la novela. ¡Ojo! Digo mal contadas porque no son 600 exactamente, no porque estén mal narradas. Todo lo contrario.

El protagonista es Edgar Freemantle, quien, tras sufrir un accidente que casi lo mata (como le ocurrió al propio King hace unos años), siente que su vida anterior ha acabado y tiene que empezar una nueva. Para ello se traslada a Duma Key en busca de paz y tranquilidad... y qué poco acierto tiene el pobre. Es lo que pasa por ser un personaje de Stephen King, que te llevas cada mal rato...
Como en un tiempo fue aficionado a la pintura, su médico le aconseja que vuelva a esa afición como terapia. Y con los cuadros que va pintando empiezan a ocurrir cosas...
En esta novela King vuelve a un tema que ya ha tratado en ocasiones anteriores, y que parece cobrar cada vez más importancia en sus historias: la influencia -positiva o maléfica- de la creación artística, no sólo en el propio escritor, pintor, dibujante... sino también en su entorno. Parece decir que el arte es en sí mismo una fuerza creadora, que empieza por crearse a sí misma, valiéndose del artista.

La historia es muy interesante y muy original, como suelen ser todas las de S.King, por lo que decir eso y nada es casi lo mismo: es algo que se da por hecho. Lo que a mí más me llama la atención, y ya me pasó con la anterior novela (Lisey's Story), es la profundidad, complejidad y riqueza de estilo que King ha ido consiguiendo dar a su obra con los años. En sus últimos libros el elemento fantástico o sobrenatural que ha sido siempre su rasgo más característico y evidente, ha quedado en segundo plano, dejando que sobresalga el trabajo literario en sí, el estilo, la forma, la trama y su estructura .

Esto no quiere decir que sus anteriores novelas fuesen un mero paseo por el túnel del terror escrito a la buena de Dios, ni mucho menos. Pero el elemento terrorífico estaba tan bien conseguido, era tan coherente y estaba tan bien contextualizado, que el estilo quedaba sin remedio en segundo plano. Sólo queríamos saber qué iba a pasar después.

Sin embargo, últimamente, mientras nos vamos enterando de lo que pasa, vamos disfrutando de un estilo literario muy personal, donde lo más evidente es el particular uso de las palabras: términos inventados por el autor, juegos de palabras, escritura fonética que reproduce una pronunciación o acento peculiar... y en Duma Key, además, muchas palabras y expresiones en español, en boca de un personaje que estuvo casado con una mejicana. Algunas me resultan un poco raras, pero no sé si es porque son expresiones propias del español de Méjico, que por desgracia no conozco, o porque Mr. King no tiene todavía muy controlado nuestro idioma. Pero no es nada que entorpezca la comprensión del mensaje, así que no problemo.

Me parece admirable y muy de agradecer, que un autor que lleva más de treinta años escribiendo y publicando con éxito mundial, siga sorprendiendo, creando, en el más estricto sentido de la palabra, aprendiendo y tomándose tan en serio su tarea, sin caer en la fácil tentación de acomodarse, darlo todo por hecho y dedicarse a verlas venir. Por algo es el rey.